

Solidez estilística, blandenguería tramática
Ridley Scott, al que muchos consideran un gran director, es uno de esos realizadores que han sabido construir su vacua carrera de forma astuta, a base de efectos de cámara, luces muy atractivas y escaso riesgo. En 1988, después de encadenar los tremendos fracasos comerciales (algo que a él le afecta, porque el éxito es lo que persigue) de Blade Runner, Legend y Someone to Watch Over Me, dirigía Black Rain, una de sus películas más sólidas y al mismo tiempo más representativas.
Era éste un proyecto asignado al director emergente Paul Verhoeven (quien a juicio de éste cronista tiene más que ofrecer que el inglés), pero tres años después el director holandés lograría dirigir a Michael Douglas en otro policiaco, muy superior a éste: Basic Instinct. El encargo para Scott se saldó con un éxito de público bastante decente, y con un policiaco tan impersonal como todo lo suyo.
artistas y Artistas
Michael Douglas da cuerpo a un poli de esos de los que acabamos un tanto cansados en los años 80 y primeros 90: mal hablado, divorciado, bebedor, fumador, cascarrabias, iracundo, chulito. Para acabar de rematarlo, su aspecto podía infundir algo de respeto hace 20 años, pero viéndole ahora desde luego no. Su peinado a lo Martin riggs, sus mofletes y su sonrisa dibujan a un actor demasiado blando cuando no tiene un director de verdad detrás, puesto que elige los proyectos para lucimiento personal.

Por supuesto, tenemos a su pareja, pues ésta película no tiene intención de descubrir el Mediterráneo. Y su compañero es un guapetón, seductor, muy elegante Andy Garcia, que aquí ejerce de divo divino, encantador, tierno, simpático y estupendo. Y es su mejor amigo. Ambos se verán en dificultades por toparse con un caso de asesinato entre yakuzas japoneses. Terminarán en Japón, por supuesto, y allí serán unos don nadie, en un interesante choque de culturas.
El guión de Craig Bolotin y Warren Lewis no es nada del otro mundo, ciertamente. Una colección de lugares comunes y secuencias cortas, perfectas para que un pirotécnico como Scott se ponga con sus luces, sus movimientos artríticos de cámara, sus nieblas y humos urbanos, que le han hecho célebre. Lo más interesante hubiera resultado la mirada de un extranjero al Japón urbanita y nocturno. Pero no nos engañemos, Ridley Scott no es un Artista, sólo es un artista de la imagen.
Su acercamiento a la cultura nipona no deja de ser de postal, con esa autocomplacencia tan yanqui (heredada de la soberbia británica, como Scott) que se fascina por lo superficial y se aleja de lo fundamental, que retrata unos caracteres diferentes a lo establecido por el cine norteamericano, pero que es incapaz de penetrar en su misterio. El Japón de Scott es rutilante, barroco y esplendoroso (también siniestro), pero su mirada está muerta.

16 años después, un verdadero Artista, Quentin Tarantino, coge el testigo de otros, y le hace una declaración de amor a Japón (también a China, al Spaguetti y a muchas cosas más por supuesto…) con Kill Bill, magna obra maestra del arte del siglo XXI. Un capricho estético, una pieza artesanal inalcanzable para el flemático y frío Scott, más preocupado en construir imágenes impactantes que en adentrarse en el corazón de sus héroes y sus culturas.
Todo lo que en Tarantino es pasión, en Scott es mecánico e insulso. Sin embargo, Black Rain se erige como una de las películas más sólidas (en las que menos intenta establecer su dudosa autoría) de su director. Momentos como la magnífica primera aparición de Sato, o el engaño de los yakuza en el aeropuerto, entonan ésta película como algo que, si bien no es lo que pudo ser, es un policiaco digno. Y por supuesto hay en ella un actor superdotado llamado Ken Takakura, que les da mil vueltas a Douglas y a García.
Ver al fondón y blandengue Douglas vencer en un combate cuerpo a cuerpo al correoso y veloz Sato da verguenza ajena, así como ese vasallaje al ‘rollo americano’, eso de ir de creídos y de modernos, dando lecciones de comportamiento en su propio país a los japos, tan sosos y necesitados de lecciones; mientras el relato saca virtudes, falsas y falsamente, de esa cultura tan cerrada que no comprenden. Pero para muchos Scott es un gran director, y Tarantino un locuelo. Bravo.

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Ya había escuchado de esta película aunque curiosamente no es de las más difundidas de Scott. Híjole, cada quien su opinión pero decir que Scott esta por debajo de Verhoeven o de Tarantino si creo que es muy aventurado y poco acertado.
Creo que Scott será con el paso del tiempo será todavía más respetado de lo que es actualmente y es que si nos vamos a buscarles peros a cada director creo que los dos que mencionas tienen más que el propio inglés. Pero bueno, es muy respetable tu punto de vista.
Imposible que Scott sea más respetado con el tiempo de lo que es ahora por un trabajo tan pobre.
Vaya…gracias por considerar respetable mi punto de vista…no sabía yo que lo fuera
Es muy fácil descalificar. En lugar de despotricar una y otra vez diciendo que él es malo, muy malo; impersonal, muy impersonal; artista y no “Artista”; te propongo a que hagas un análisis de por qué él es todo eso, me gustaría leerlo y poder entender esas opiniones tuyas.
Estoy de acuerdo en muchos de los detalles que mencionas sobre la película, particularmente esa actitud gringa de querer enseñar lo -supuestamente- grandioso y superior que es la vida occidental y, particularmente, la estadounidense.
¡Saludos Adrián!
Por “él”, imagino que te referirás a Ridley Scott. Ya hice u análisis, o varios aquí en Extracine, a su obra y su personalidad.
Pero si por análisis te refieres a otra cosa que no sea hablar por lo general de cada película, sino un repaso profundo y largo de cada secuencia e idea suya, eso llevaría mucho tiempo y muchísimos posts, me temo.
También estaría bien, si pides algo, explicar por tu parte por qué crees que es tan bueno…si lo crees. Yo no despotrico, ni descalifico. Eso son palabras mayores. Intento dejar a Scott en su justo lugar. Y no es precisamente uno de los primeros.