Teniendo en cuenta el reciente estreno de la cuarta estupenda aventura de Indy, y el cercano estreno de la cercana y poco apetecible nueva aventura de Rick O’Connell, pues me parece muy pertinente revisar aquél bombazo de 1999 que los más reacios ya tacharon de bobada comercial, y los más obvios de repetición de fórmulas spielbergianas.

Desde Extracine, y siempre con ánimo de decir lo que pienso aún a riesgo de que me insulten (cosa que hacen algunos a diario), afirmo que The Mummy es una excelente película de aventuras, filmada con un gusto, un mimo por el detalle y un encanto aventurero literalmente abrumadores, que rescata ese halo de fantasía y locura tan Pulp y tan gozoso, que no oculta su verdadera naturaleza intrascendente, sino que la potencia, juguetea con ella intertextualmente, logrando cuajar un relato muy sólido.

Desde luego, The Mummy es hija de su tiempo. A un prólogo inspirado sin complejos en el Drácula coppoliano, le sigue un primer tercio que coquetea con gran talento con la comedia más disparatada mientras comienza a desplegar un gran sentido de la atmósfera que se verá confirmado en cuanto lleguemos al meollo del asunto. La segunda parte, con el grupo de vuelta a El Cairo y con la momia acechándoles por sus calles, es una gozada con poderosas reminiscencias del cine clásico aventurero, y con una riqueza expresiva que recuerda la literatura de Jacq o Rice, todo aderezado con una imponente partitura del finado y siempre recordado Jerry Goldsmith.

La tercera y última parte, con el trío masculino yendo a recuperar a la chica (estupenda, cómica Rachel Weisz), es un regreso a la tumba de la momia, que establece la circularidad del relato. Muchos dirán que la pelea final a espada con los zombies es una bobada, pero ésto es una comedia de acción, disparatada a ratos, terrorífica otros, que sabe jugar sus cartas sin marcarlas, por eso los mismos que primero se ríen y disfrutan con ella luego la denigran.

Stephen Sommers, que hasta entonces no había destacado, demuestra un ojo infalible para la creación de planos generales que son como láminas de ilustración, de gran belleza plástica y un colorido vibrante. Sabe dirigir a los actores de modo que su frescura sea la base de su ritmo escénico y que su instinto les ayude a construir sus arquetípicos y reconocibles personajes. Y su guión es excelente, capaz de no desfallecer nunca en ingenio, sabiendo combinar una construcción sólida con un trasfondo adolescente, jubiloso y desenfadado, de extraordinaria generosidad.

Desde luego a quien no le guste la película se le puede argumentar con diálogos estupendos (suena un amenazador viento ululante…’eso suena mucho’, apostilla Rick), con un amor infinito por las fantasías de momias, zombies, pirámides, brujos arcanos e imaginería egipcia. Se les puede poner la película para que se rían, a su pesar seguramente, de los excelentes chistes, la mayoría servidos por un Brendan Fraser (uno de los pocos cómicos que se toman su trabajo en serio) en estado de gracia, se les puede advertir la calidad de un diseño de producción notable (calidad de tejidos en los trajes, ambientación esmerada, sonido cuidado).

La continuación, lo que son las cosas, era parecida…pero ya no era igual. La magia duró sólo un título. No creo que vea la segunda secuela hasta dentro de varios años, si la veo. Pero ahí quedó esta estupenda The Mummy, que se puede ver una y otra vez, principalmente porque sabe que éste tipo de cine debe divertir, al contrario que otro que lo olvida. Pero no sólo eso, también debe proponer un mundo cerrado en sí mismo. Y ésta es de las pocas películas de su clase que lo logra.