Hay una secuencia en el inicio de éste rotundo, espeluznante, apocalipsis que es The happening, en la que el profesor de ciencias Elliot Moore (Mark Wahlberg) lanza un reto especulativo a los alumnos de su clase: ¿por qué desaparecen las abejas sin dejar rastro en 24 estados de Estados Unidos? (un acontecimiento real, por cierto, y muy preocupante). Uno de los alumnos responde que hay sucesos en la naturaleza que nunca podremos comprender.

La octava realización de M. Night Shyamalan incide en ese estilo, que ha hecho tan propio, de la cotidianidad del horror, llegando a su máximo minimalismo (si tal expresión es aceptable), a su más depurada sencillez, sin apenas énfasis, y sumiendo al espectador en un espanto sin fisuras, aliñado con buenas dosis de sabia ironía. Tras la irregular venganza personal que significó un fin de ciclo, Lady in the water, bello relato truncado por un onanismo autoral, Shyamalan vuelve a sus orígenes con humildad.

Ya desde los hermosos, pero al mismo tiempo extrañamente amenazantes, títulos de crédito, aderezados por una sinfonía espectral del gran James Newton Howard, empezamos a notar por dónde van a ir los tiros: un lento pero inexorable descenso a la más cruenta de las pesadillas. Podría ser ésta la pelicula más seca, más directa de su realizador. Por primera vez desde Sixth sense, a Shyamalan le importa menos impresionar al espectador con su puesta en escena, en favor de una sobriedad extrema que hace a este relato aún más frío y devastador.

Hay secuencias del más puro susto, pero hay secuencias aún más largas, difíciles y exigentes del más puro miedo, que dura más y es más profundo, pues el primero es una emoción, y el segundo un sentimiento. Y le basta a Shyamalan, que jamás da una explicación a estos acontecimientos, mirar con su cámara hacia los árboles, para ponernos los pelos de punta. Apenas efectos o trucajes, y por supuesto todo a cámara, pero es perfectamente capaz de atraparnos con su envolvente sentido de la atmósfera.

Es una película que habría admirado el Tarkovski de Stalker, por los riesgos que corre, por su abstracción y fuerza expresiva. Y que quizá hubiera agradado mucho a Hitchcock, por su astuta forma de introducir el humor, que ejerce de falsa píldora anestesiante, pues en seguida la sonrisa, o la risa, se nos congela en los labios.

No se entiende cuando dicen que es un homenaje de su responsable a la Serie B, cuando todo el cine de éste hombre es una declaración de amor a dicha forma de entender el cine. Pero pocas veces había conseguido contar más con menos. Ya veremos a donde lleva esta nueva etapa de Shyamalan, que parece haber recuperado su capacidad para hablar del ser humano como una colectivad herida y perdida en el universo (en The sixth sense eran muertos que creían estar vivos, y aquí son vivos que pierden la cabeza y quieren estar muertos…), y tan expuesta al dolor físico y emocional.

Cuando Shyamalan está inspirado sus tramas son excusas que demuestran la infinita capacidad del ser humano para sufrir, para dañarse a sí mismo y a los demás, para tener miedo, un miedo que le hace esclavo, pero también para sobreponerse a las peores circunstancias, para encontrar lo que nos hace únicos, y para desandar el camino perdido.

Para él, el horror está a la vuelta de la esquina, y la única solución posible es el amor. Y posiblemente tenga razón. En el pavoroso final de éste filme, es mejor quedarse con esa solución.