La primera vez que vi À bout de souffle, hace ya una eternidad, me pareció una señora chapuza, para que nos vamos a engañar. Ese montaje entrecortado, esos diálogos de andar por casa,…Pensé que estaba mal rodada.
Pasan los años y uno se va dando cuenta de que encuentra reminiscencias a esa película en la publicidad tanto impresa como televisiva, en el recién consolidado cine independiente y en las supuestas películas modernas europeas de principios de los 90. Empiezo a empaparme de enciclopedias sobre la historia del cine y me enfrento a otras películas de Jean Luc Godard. Cuando en el 94 veo el numerito del baile y las conversaciones dando la espalda a cámara de Pulp Fiction esbozo una sonrisa. Cuando observo que la productora de Tarantino se llama A Band Apart, asiento complacido.
Godard es un outsider, un ideólogo,un teórico del cine, un loco que dinamitó los estándares del lenguaje cinematográfico ya en 1959 con aquella Al final de la escapada, su primera película. Escuché una vez a Chabrol decir: Es como si nos hubiera dado una nueva gramática con la que construir las películas.
La camada de jóvenes directores franceses, que amamantados alrededor de la revista Carriers du cinema reventaron los límites del cine académico y encorsetado bajo la consigna de la Nouvelle Vague, escupieron al mundo una forma más viva y libre de concebir las películas. El cine moderno ponía aquí la marca de su nacimiento.
Como genio Godard es odiado y amado al igual que sus obras son veneradas o defenestradas. Posiblemente, lo único importante y cierto es que su sola existencia es necesaria. El cine vive en mí dijo una vez.


Godard rompió los cánones cinematográficos con Al final de la escapada, redefinió los géneros con Pierrot el loco o Una mujer es una mujer, realizó quizá la película más violenta de la historia del cine (Week-end)…
Nada fue igual después de su primera etapa, luego se le fue un poco la pinza, pero aún así su aportación es inconmensurable.