Hay directores geniales, que salvo excepciones, nos regalan muchos trabajos maravillosos, incansables. Hay otros muy buenos que van alternando películas geniales, otras buenas y otras peores. Y luego hay directores con una filmografía que a muy pocos les interesa y de repente explotan con una obra maestra de un calibre colosal, que eclipsan todo lo demás que hayan hecho.

Es el caso de Jonathan Demme, que en febrero de 1991 presentó una adaptación de la magnífica novela de Thomas Harris (todo un ‘best-seller’) que en cuanto se dio a conocer en el Festival de Berlín, muchos cuestionaron. Pero duró poco. El asombro por aquel filme fue más rápido y duradero (hasta el día de hoy).

El silencio de los corderos merecería un extenso análisis en EXTRACINE, parecido al que hicimos con Eternal sunshine of the spotless mind o Bram Stoker’s Dracula. Es un filme singularísimo, de un gran riesgo temático y formal, no auspiciado por ninguna película anterior de Jonathan Demme, ni auspiciador de futuras películas de igual rango.

La cinta posterior de Demme, Philadelphia, posee una fotografía similar, utilizando esos primeros planos cuyos actores miran casi directamente (y sin el casi) a cámara. Pero este detalle, que en El silencio de los corderos era una elección de puesta en escena que terminaba cuestionando la seguridad del espectador como ser privilegiado que no podía ser herido o atacado, en Philadelphia se revelaba un amaneramiento de estilo: Demme no es un genio del cine.

Philadelphia era una película que hablaba sobre el SIDA de una forma tan ingenua y mentirosa como sólo una película de estudio destinada a hacer dinero y premios puede hacerlo. La salva una memorable interpretación de Tom Hanks, pero ya anuncia que para hacer una película de gran altura, muchos tienen que ser durante mucho tiempo mediocres.

Ahora bien, Demme hizo El silencio de los corderos. Parece reiteración, pero no lo es. Otros, como el sobrevalorado de Ridley Scott, lo máximo que pueden hacer es Hannibal, una digna película de terror. O la penosa El dragón rojo, una cinta que desaprovecha un reparto de lujo.

¿Por qué esta película es una obra maestra? Sería largo de explicar. La riqueza de su puesta en escena, donde cada detalle, movimiento de los actores y de cámaras, está pensado y cuidado al detalle. La riqueza de su dirección de actores. La perfección de su guión. Los tres elementos clásicos, claro está. Su sobriedad, su humildad, las escasas facilidades de lucimiento que se da el director y el equipo, el tremendo respeto por una historia tan truculenta.

Es tremendamente difícil hacer una obra maestra como ésta. Tan espeluznante y tan emocionante, tan truculenta y tan exquisita. Ni su director ha repetido algo ni siquiera parecido, ni el género ha contado con algo tan perfecto. Esto es CINE, y no las mamarrachadas de unos Wachowski, u otros subproductos de gente que desprecia tanto al cine como al espectador, por mucho que al espectador le encante muchas veces que le desprecien…