En 2004 se estrenaba uno de los documentales más anticipados y promocionados que se han hecho sobre un grupo de rock. Con cierto aura de escándalo o de provocación, lo cierto es que la película no consiguió el impacto deseado, y sólo se ha convertido en un filme importante para los seguidores de la banda.

Dirigida por dos profesionales del documental y de la música como Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, se anunció como un trabajo que indagaba como nunca antes en las intimidades de una de las bandas más famosas del mundo, al mismo tiempo que era testigo de sus disensiones, de sus tiranteces y de la preparación de su nuevo disco.

Soy un gran fan de Metallica, una de las pocas bandas de finales de los setenta y principio ochenta que han tenido el talento, el coraje y la inteligencia de reciclarse con el paso de los tiempos, sin perder lo que les hacía únicos. Poseedores de un directo magnífico y de una calidad en sus producciones envidiable, podemos considerar, sin temor a equivocarnos, a este grupo como uno de los más importantes e influyentes de la historia del heavy-metal.

Este documental era una ocasión excelente para sus fans, con el que averiguar detalles de su forma de trabajar, al mismo tiempo que saciaban su morbo sobre los clásicos problemas de un grupo de éstas características. Pero lo cierto es que el trabajo, que resulta altamente profesional, acaba sabiendo a muy poco, y, lo que es peor, es poco creíble.

Filmado después de su sonado combate legal con NAPSTER, sobre la descarga gratuita e ilegal de música, lo cierto es que antes del álbum St. Anger, la banda no gozaba precisamente de una gran popularidad, y los rumores sobre su separación e incluso su decadencia como músicos circulaban sin parar.

Hay algo falso en este documental que no abandona al espectador ni aún después del final. ¿Cuál es el objetivo realmente de éste documental? ¿Es un trabajo serio y honesto? Yo creo que no. Creo que es un trabajo de marketing sensacional, eso sí. Y aunque hay en él suficientes alicientes que justifican sobradamente su visión, es difícil de creer su trama melodramática, centrada en la lucha de poder entre James Hetfield (líder/vocalista) y Lars Ullrich (batería/semilíder).

Quieren hacernos creer que en mitad de la creación del último álbum (magnífico, por cierto), surgieron una serie de enfrentamientos que casi dan al traste con tan longeva banda de música. Y las cámaras estaban ahí para recogerlo todo, propiciando el morbo. Las tan terribles discusiones no creo que sean fingidas, pero no son nada del otro mundo, y probablemente sean el pan de cada día en una banda que es ya una empresa generadora de mucho dinero, con muchas presiones, egos e intereses.

Supuestamente comienzan con un álbum horroroso que a nadie le gusta excepto a Ullrich, para tres años después terminar con el St. Anger, pasada la depresión y desintoxicación alcohólica de Hetfield, y reunida la banda. Ese es el meollo. Pero aunque el guión y el montaje son tremendamente habilidosos, lo más interesante termina siendo entrar ‘entre bastidores’, observar a estos grandes músicos escribir letras, hacer pruebas, ajustar equipos…

Se nos antoja tremendamente difícil empatizar con Hetfield y sus problemas personales, y no caemos en la trampa de creer mártires a estos millonarios rockeros. Hay momentos sumamente reveladores, como cuando acuden al concierto del separado bajista, o cuando se sinceran ante la cámara. Pero todo lo del psicólogo queda superficial y manipulado, pero el conjunto adolece de un riesgo y de una sorpresa de todo buen documental.

Una pena. Es para fans, no para cinéfilos.