¿La más bella historia de amor de todos los tiempos?

En oposición a aquella mediocre película de la que hablábamos ayer, existen películas cuya sencillez, lirismo y emoción son inalcanzables para cualquier director menos para unos pocos, aquellos que respetan en extremo su oficio, que tienen algo que contar y que tienen la valentía para enfrentarse a historias de escaso lucimiento personal. Tres factores que escasean, más aún todos ellos juntos, pero que son virtudes del director de ésta película.

Tal vez el más refinado y profundo director vivo, Zhang yimou alcanza el techo de los maestros universales con esta sencilla historia, con la que logró, después del Oso de oro de 1988 que le concedieron por su debut, el Gran Premio del Jurado del Festival de Berlín en 1999.

Nada más que 80 minutos le bastan a Yimou para adentrarse en una de las aventuras emocionales más intensas y líricas que se recuerdan, para dejar en el espectador un poso de melancolía y libertad que valen mucho más que los 10 € por los que puede adquirirse en DVD ésta película. El relato del maestro rural y su campesina enamorada es un viaje mínimo exteriormente, pero inmenso interiormente, un poema pedagógico por lo que tiene de elegía en torno a la dignidad de la figura del maestro de escuela.

Con sobriedad, con convicción, sin el menor énfasis ni amaneramiento de estilo, Yimou arranca la historia en blanco y negro. Un blanco y negro esplendoroso, pero amargo. El padre del viajero ha muerto, explica nada más arrancar la película una voz en off, y ha de viajar a su pueblo natal, muy lejos de la capital, para enterrarle al lado de su madre.

Tras una primera parte sombría y nostálgica, con la anciana intentando que se cumpla el último deseo del fallecido, una tradición que consiste en llevar el cadáver a hombros desde el lugar de su fallecimiento por el camino a su casa, el hijo propicia los recuerdos. Y viajamos a un pasado que devuelve el color a la pantalla, un color que va más allá de un preciosismo tan en boga en estos tiempos tan ignorantes, sino un color y una luz que inundan la historia de una profundísima verdad, que impregnan la historia de una arrebatada emoción.

La historia de la jovencita campesina, que no tiene compromiso pero que al conocer al nuevo maestro del pueblo se enamora sin remedio de él, en manos de un director menos sensible que Yimou, hubiera derivado quizá hacia un plúmbeo melodrama amoroso. Pero acompañados por su inimitable mirada, se convierte en un viaje de descubrimiento interior indescriptible.

La muchacha es uno de los personajes tercos y silenciosos de su director. Una chica que desde que decide que ese ha de ser su marido, se entrega a la conquista de su reciprocidad cueste lo que cueste. Y lo interesante no es observar si lo consigue o no, sino el modo en que se representan (esto es, la puesta en escena), los acontecimientos. Secuencias como en la que las mujeres dejan sus anónimos cuencos de comida (auténticas piezas de artesanía) para que los hombres se alimenten después de un duro día de trabajo, con la protagonista deseando que sea el maestro quien coja su cuenco, alcanzan una importancia capital.

Así como el sublime momento en que la muchacha espera al maestro en su paseo matinal con sus alumnos. Rodeada de la inmensidad de los bosques chinos, Yimou le hace literalmente el amor (en el sentido más idealizador de la expresión), al rostro de la bella Zhang Ziyi, aquí apenas una adolescente que en su debut cinematográfico resulta de una actriz en estado de gracia, que con poquísimo consigue muchísimo, que se entrega ciegamente a su director.

Pero es en su sentido de recuerdo del ser amado y ahora perdido donde esta película alcanza lo inimaginable. En la conclusión, que no vamos a desvelar, adquiere todo el sentido (de emocionante despedida), con su desbocada melancolía, que logra el milagro de convertirse en música visual, y exige al más generoso espectador un río de lágrimas que no son manipuladas, y que entregamos felices por sentirnos más vivos de lo que estábamos antes de ver la película, por saber ahora que el amor existe.

Más que por su asombrosa cinematografía, este filme es una obra maestra por demostrar que las historias pequeñas no existen, y que el corazón humano es lo más hermoso que un director puede intentar investigar.