Lady in the water es una de esas películas malditas que, sin embargo, cuentan con numerosos seguidores o fanáticos que la defienden con gran tesón. Sus admiradores arguyen que es un caso de incomprensión absoluta y de desprecio hacia un director que ha conocido la fama y el éxito como pocos en este comienzo de siglo.

No fui a verla en su momento al cine, quizá porque la gran decepción que supuso The village (un filme tan brillantemente realizado como suele hacerlo Shyamalan, pero que se revela insustancial y falto de ingenio, aunque rebosante de autocomplacencia) y la sospecha de que la jugada iba a repetirse, me quitaron las ganas de dejarme los cuartos. Ahora, después de varios visionados en televisión, la he podido apreciar.

Lo cierto es que la película, durante la mayor parte de su metraje, no me convenció. Nadie le niega a Shyamalan su pericia narrativa, su capacidad para indagar en zonas no conocidas del realismo mágico (o quizá sí conocidas, pero mostradas al espectador con una sensibilidad singular), incluso facilidad para introducirnos rápidamente en una trama fantástica y siniestra. Pero casi desde el primer momento se advierte de nuevo una gran autocomplacencia, que frena su fuerza expresiva en favor de sus obsesiones personales más superficiales.

Debido a esto, a la convicción de que es un genio, a su pedantería, a la facilidad que se da a sí mismo en el retrato de los caracteres que viven en esa comunidad, al cada vez más extenso papel que interpreta en sus películas (si realmente quiere protagonizarlas, tal como parece, debería hacerlo de una vez), Shyamalan ofrece un relato que sólo se afirma lentamente, y que alcanza momentos de firmeza aislados, en un conjunto indolente, de cierta belleza formal y tramática, pero que pocas veces logra esa deseada ‘suspensión de incredulidad’. En lugar de eso, el espectador se sorprende con una media risita ante muchos de los elementos fantásticos a los que asiste.

Pero lo cierto es que me sorprendió, y mucho, un final apoteósico, deslumbrante, que redime a un director en horas bajas y al que se le puede achacar cierta repetitividad. La conclusión de Lady in the water es emocionante, y está narrada de forma inspiradísima.

Sin embargo…sin embargo algo ocurre cuando uno encuentra la música de ésta película y la oye. Se le pone a uno la piel de gallina con la música de James Newton Howard. Y de pronto surge la duda. Y acude uno al televisor, y le quita el sonido a la película, visionando de nuevo el final mudo. Y te dejan frío las imágenes elaboradas y escritas por Shyamalan (y muy bellamente fotografiadas por el gran Christopher Doyle…pero estamos en momento musical y no fotográfico, y nunca he conocido una foto que me haya hecho llorar), esas que antes parecían tan impactantes.

En realidad, el gran mérito, o los que haya en esta irregular película, son de James Newton Howard, un compositor genial que está muy cerca de ser el mejor del mundo, en clara pugna con el gran dios John Williams. La música que ha compuesto y dirigido para ésta película es tan sublime, que más bien la película es un acompañamiento para sus notas.

A menudo consideramos emocionante una película por factores externos a su historia. Por la música, generalmente. Este es un caso clamoroso. Howard, en una plenitud estética abrumadora, está muy por encima, en cuanto a narrador, de Shyamalan, que no llega a expresar ni a seducir con su historia, su dirección de actores y su puesta en escena, ni una tercera parte de lo que siente el espectador con la partitura.

El corte al que acompañan las imágenes del final, concretamente titulado The great Eatlon, es una joya sonora, cuya sola escucha transmite muchas más ideas, y una historia mucho más rica, sobria, humilde, verdadera, que la película dirigida por Shyamalan. Estoy en condiciones de asegurar que el verdadero director de esta película es Howard. Y Shyamalan, contratándole para su película (como ya hiciera desde The sixth sense), demuestra olfato porque a donde él no llega sí lo hace su ‘subalterno’.

A menudo la música de las películas es más del 50 % de la misma. Aquí, la partitura crea la tensión, explica los motivos, cambia los estados de ánimo de los personajes y el espectador, vuela mucho más alto que una historia que podía haber dado más de sí. Howard es un artista. Uno verdadero. Quizá el cine tenga que desprenderse de la música si quiere ser considerado un arte.