El Sci-Fi de la década

5 años después de asombrarnos con una de las más maravillosas y terribles películas que ha dado México en mucho tiempo, Y tu mamá también, y 2 años después de filmar la única gran película de Harry Potter (quizá la mejor película de fantasía para niños que se ha hecho, en dura pugna con A series of unfortunate events) que se ha hecho, Cuarón decidió hacer su aportación a la Sci-Fi. El resultado no pudo ser más impactante.

Ocurre algo curioso con algunas películas. Todo el mundo sabe que son buenas, que tienen mucho cine dentro, pero no se les presta la debida atención. Pasan de tapadillo. Quizá son tan oscuras, tan deprimentes, que es mejor verla una vez, concederle su gran mérito en voz baja, y olvidarlas, no vaya a ser que lo que cuentan sea verdad. Esta es una de esas películas.

Children of men no es sólo una gran película, es uno de los relatos más devastadores anímicamente hablando (a poco que uno tenga cierta conciencia de lo que está ocurriendo en esta cloaca que llamamos planeta Tierra, que es casi siempre lo peor posible) a los que puede enfrentarse un espectador. Su crudeza, su verdad, son tan absolutas, tan a cara lavada, que nos deja exhaustos, sin esperanza y sin redención.

No existe el menor atisbo de concesiones a la galería, de comercialidad, de facilidad, en esta película. No hay nada en ella atractivo para los bien pensantes, ni políticamente correcto para los aburguesados. El viaje de Theo Faron es un viaje a ninguna parte, hacia una salvación no propia, sino de otro, del futuro quizá, pero sin garantías de que sea cierta. Acompañándole, nos sumimos en la vergüenza, por reconocernos en lo peor de nosotros mismos.

Nos hundimos en el sillón, o nos revolvemos incómodos.

Él es un don nadie, un tipo como otro cualquiera, que quizá en un pasado fuera un activista comprometido con sus ideas y con su tiempo, pero que en la actualidad no es más que un gris oficinista, al que todo parece importarle poco, y que no aspira a otra cosa que a sobrevivir en la colmena. La identificación con él es inmediata. Sus flaquezas, miedos y dudas son las nuestras.

Gran trabajo de Clive Owen, que hay quien, muy temerariamente, quiso devaluar aludiendo escasa gesticulación o aparente hieratismo, pero que es ejemplar en cuanto a la gradación de la tensión interior, del estoicismo facial como signo de la desesperación. Quizá su mejor papel, y el más difícil, pues es un personaje sin alicientes interpretativos, que se limita a lidiar con unos acontecimientos que le vienen grandes.

Cuarón les sitúa, a él y a su acompañante Kee, en el mismo epicentro del fin del mundo. Pero no un fin del mundo lírico, estético o épico. Un fin del mundo sucio, indignante, bizarro. El Apocalipsis de Children of Men es un Apocalipsis no tanto del hombre como de la sociedad, de las ideas. Sus personajes son fantasmas, espectros alucinados incapaces de comprender qué sucede o qué cometen.

Quien busque aquí la falsa poesía de un Blade Runner de postal saldrá defraudado. No hay nada, absolutamente nada, a lo que pueda agarrarse el espectador más impresionable. Esto es Sci-Fi de verdad, de la grande, la que cuenta cómo va a ser el mundo no dentro de 100 años, sino dentro de 6 meses. El mundo de ahora. La cárcel de ahora.

Con escalpelo de cirujano despiadado, Cuarón le abre las tripas al mundo occidental, a un Londres irrespirable, y sólo saca miseria, mezquindad, dolor. Con planos secuencia que harían palidecer a Welles, el director mexicano firma quizá su obra cumbre, haciendo un más difícil todavía en cada secuencia, como si rubricase el último plano de su vida.

De una perfección técnica abrumadora (sublime la fotografía de Emmanuel Lubezki), con una Julianne Moore impresionante (que sale 10 minutos pero nunca abandona la pantalla), Children of men es de obligada visión (y estudio) para todos los amantes del cine.