Recién salido del cercano cine que proyecta la película de aventuras que acabo de ver, y de la que a continuación me dispongo a escribir varios párrafos, en los que intentaré ofrecer mi percepción sobre ella, me doy cuenta de que he entrado en la sala escéptico, un tanto a la defensiva, pues Indiana Jones fue uno de los iconos de mi infancia y no quiero que esto me condicione.

Sin embargo, me sorprendo a mí mismo abandonado al encanto que transmite, sin paliativos, esta nueva entrega del arqueólogo más famoso del mundo. Quizá el truco sea, precisamente, dejarse condicionar. Rendirse a la evidencia: Spielberg es un gran director de cine, Harrison Ford es un excelente actor, y George Lucas, que no firma el guión definitivo, pero que es el creador de la historia, a la que dio sus último flecos Jeff Nathanson, es un gran escritor de aventuras.

Me temía yo un tropiezo de Steven Spielberg. Ya va siendo hora de considerarle uno de los grandes directores norteamericanos de todos los tiempos, le pese a quien le pese. Aunque es cierto que sus tropiezos (1941, Always, Hook, Jurassic Park, The Terminal) proporcionan munición a sus detractores, y no son dignos de un extraordinario hombre de cine, capaz de firmar grandes dramas (Saving Private Ryan, Schindler’s list) grandes Sci-Fi (Close encounters on the third kind, Minority report, Artificial Intelligence, War of the worlds), grandes melodramas (E.T., The color purple) y grandes películas de aventuras (Catch me if you can, la saga Indiana Jones…incluida ésta…).

Por muchas películas de aventuras que uno haya visto, por mucho cine palomitero basura que al final uno se va tragando, por mucho escepticismo y hartura que pueda uno acumular es incontestable que Spielberg te pone de rodillas con su forma de filmar. Simplemente con su forma de usar la cámara y el montaje (trabajo soberbio de su habitual Michael Kahn), con su gusto por el encuadre y la planificación. Porque el hecho es que este filme es un alarde de puesta en escena, un derroche de elegancia visual y sonora, un tesoro para los sentidos.

Muy pocas veces Spielberg ha desplegado tanto amor por contar una historia con imágenes. Se le nota feliz, generoso, radiante de energía y vitalidad. Indiana Jones and the kingdom of the crystal skull es puro Indy, y a la duda inevitable de si es tan buena como las demás, lo cierto es que lo es, aunque la mejor, la más hermosa y emocionante siga siendo The last crusade.

El comienzo del filme es magnífico. Es un arranque que coloca ya la aventura en la cresta de la ola, con mucho nervio y muy buen gusto, y la primera hora prosigue en esa escalada en los códigos habituales del horror, el humor, la acción y la atmósfera que ya conocemos (aunque ahora sean los paranoicos años 50). Es cierto que la segunda mitad se adormece un poco y parece que estamos a punto de desinflarnos, pero entonces tenemos una larga y no alargada persecución que es un prodigio de narración y montaje, que dura 15 minutos y que a todos menos a los más prejuiciosos debería dejarles con la boca abierta.

Después del arca de la alianza, del ocultismo hindú y del santo grial, tocaban los mayas (dado que Lucas se negó a centrar la aventura en la búsqueda de la Atlantis, después de cierto famoso juego…), y la forma en que la historia y el guión de David Koepp se adentran en la leyenda es completamente creíble y muy elaborada, y todo desemboca en un clímax más que impresionante, grandioso. Lástima los últimos 5 minutos…en los que tenía que haber abandonado la sala.

Pero hasta entonces Indy es el mismo de siempre. Avejentado (ya estaba maduro en la tercera), pero pletórico. Sin ocultar que le faltan dos veranos para entrar en la verdadera ancianidad, y sabiendo adaptar su condición de hombre muy maduro a la historia. Y para hacer creíble eso hace falta ser muy buen actor.

Harrison Ford es un actor paradójico. Dotado de un innegable carisma, ha participado en las dos sagas de aventuras más importantes de todos los tiempos (ambas creadas por la imaginación de un genio, George Lucas), y en algunos buenos filmes más, pero ha echado a perder la parte más interesante de la carrera de todo buen actor (esto es, su madurez), y su carrera ha declinado rápidamente. Sin embargo, este actor se demuestra superdotado de cuando en cuando. Y tocaba con el nuevo Indiana. Es portentoso su dominio de la fisicidad, su dominio de la tensión, su credibilidad, su humanidad. Dicen que no es un tipo muy simpático en persona, pero su forma de seducir a la cámara, de entablar un diálogo cómplice con ella, sólo tiene parangón en monstruos de la pantalla como Humphrey Bogart, Spencer Tracy y muy pocos más.

A su lado Shia Lebouf (que por momentos parece un joven Russell Crowe), compone un papel de joven aventurero muy sólido y lleno de matices, que si bien es un personaje de folletín, el actor y su director saben proporcionarle de mucha personalidad. John Hurt tiene un papel mucho más fácil en comparación, pero está tan espléndido como acostumbra. Pero la única capaz de robarle presencia a Ford es una Cate Blanchett en estado de gracia, que es mucho más que una simple villana de opereta, y que en su papel de despiadada llena la pantalla de fuerza expresiva y belleza.

Tal vez quede algo fuera de lugar el regreso de Karen Allen (quien por otro lado está bien en su papel), y el tono romántico que con ella se establece, así como esa conclusión de la que ya hemos dado cuenta, pero es asombrosa la fuerza con la que recuperan a un mito del cine. La fotografía de Janusz Kaminski, que releva al maravilloso Douglas Slocombe, está a la altura de las expectativas, y su paleta de colores es digna sucesora de la saga.

Al igual que ocurrió hace ya un año con la estupenda cuarta Die Hard, Spielberg logra una cuarta entrega de su personaje más famoso que está a la altura del pasado. Se equivocan quienes busquen en ella otra cosa que… a Indiana Jones.