¿Dónde lo habíamos dejado?

La nueva entrega de ésta famosa saga, que a algunos tanto nos ha gustado, le mete a uno nostalgia de la tercera, que en principio iba a ser la última y que tan buen sabor de boca nos dejó a muchos. A todos no. Hay ciertos sectores que la consideraban como la peor de las tres, incluso como una película francamente mala. Desde aquí afirmo que La última cruzada es una obra maestra del cine de aventuras y una de las más exquisitas (sí, exquisitas) películas que ha filmado el gran Spielberg en su vida.

Por primera vez Spielberg, que hizo la primera porque necesitaba un éxito y porque quería su propio James Bond, y que hizo la segunda sin mucho entusiasmo dada su oscuridad y su extrema violencia (aunque ambas cosas se le dan muy bien), filmaba un Indiana de todo corazón. Esto es, sintiendo la historia, involucrándose con su arqueólogo y con su padre, y emocionándose claramente con lo que contaba.

Comenzamos con el valle Monumental de John Ford, y terminamos con el viaje hacia el ocaso tan identificado con los jinetes solitarios e inmortales. Es decir, comenzamos en un homenaje a un mito, The searchers, que tanto ama Spielberg, y terminamos mitificando definitivamente a su propia creación, el caradura, ahora con su pequeño corazón algo más roto.

Por el camino una de las películas más sentidas de la carrera de su director, aunque quizá para ver esto haya que echar a un lado los prejuicios habituales de tanto plumilla despistado y aceptar las cosas como son. La historia del padre y el hijo, tan diferentes y al mismo tiempo tan similares, sus dudas, sus complejos filiales, representan, dentro de un filme de estas características, un esfuerzo sorprendente, generoso e inolvidable.

Ya comenzamos con una aventura de Indiana – el ya clásico prólogo de aventura autónoma -, pero esta vez que significa algo para él, pues es su primer descubrimiento como arqueólogo, ya de adolescente, sin duda la aventura que le indujo a convertirse en arqueólogo, en uno muy diferente al que era su padre. Es decir, en este prólogo tenemos ya las claves de la relación padre-hijo.

Y tenemos ya establecido el tono de la película. Un tono idéntico en atmósfera histórica y aventura, pero a la que se añade una fina ironía y un abierto sentido del humor que todo lo impregna. De hecho, pese a que carece del frenetismo de la segunda película, La última cruza es la más cómica de todas. Pero una comicidad que emana de la relación de los dos Henrys. Todo lo demás, hasta el Grial, son una mera excusa, un gran ‘mcguffin’.

No veíamos a Indiana Jones de profesor desde la primera parte. La secuencia universitaria se rompe bruscamente con la llegada de la trama detectivesca que llevará al protagonista en la búsqueda de su padre, desaparecido en Venecia. Sublime el corte del giro de cabeza de Indiana, que sirve de transición a la explicación del Grial del siniestro Walter Donovan (estupendo Julian Glover).

De Venecia iremos a Austria, de ahí a Berlín, y de ahí hasta Hatay, en tres bloques bien diferenciados y perfectamente estructurados, que se edificarán en torno a tres actos: misterio de la tumba del cruzado, rescate del profesor Henry Jones Sr., búsqueda final del Santo Grial. Imposible quedarse con uno de los tres en detrimento de los otros dos. En cada uno de ellos encontramos hallazgos y, más que pura diversión, seducción total del espectador.

La mejor interpretación de Sean Connery es ésta, y en su dúo con Harrison Ford no sólo nos emocionan, también ejercen de dúo cómico impagable, como unos modernos Stan Laurel y Oliver Hardy, y esto no es despectivo. El talento necesario para incorporar ese registro al otro, y a uno más, de pura estirpe mística, que aportan a esta búsqueda casi espiritual, es enorme. El Henry Jones del genio Connery es al mismo tiempo sabio, atolondrado, elegante, despistado, impulsivo, sagaz, divertido, conquistador, buen padre, mal padre, aventurero, aburrido, sorprendente, locuaz, expresivo, introvertido, valiente, extrovertido, maduro, infantil, irresistible, pelmazo, líder, culto, chabacano, provinciano, enigmático, emotivo…

Un personaje, a falta de otra palabra mejor, extraordinario, que hace un tú a tú indescriptible con el gran Harrison Ford, que no flaquea, sino que se ve engrandecido por tan inmensa presencia, haciendo más rico a su personaje, con mayores y más estimulantes aristas, que tiembla de dudas con la más sensual mujer fatal de la saga, Elsa Schneider (guapísima y solidísima Alison Doody).

La aventura se hace, pues, emocional, en el viaje interior del padre y el hijo, condenados a entenderse, a comprenderse, a quererse tal cual son. Mientras, Spielberg despliega su maestría en la puesta en escena de una aventura arrolladora. El clímax, con el padre moribundo esperando el regreso de Indiana, es imposible que resulte más cautivador.

Indiana Jones enfrentado por primera vez a su espejo. Un espejo deformante que no le agrada, pero que le devuelve un reflejo inevitable. La que creíamos era la última aventura del arqueólogo resultó la más profunda psicológicamente, y la del viaje más espiritual, pues su conclusión es el aprendizaje más importante de Jones en toda la saga: una vez se aprende a valorar lo que verdaderamente importa, es cuando uno es un héroe.