Mucho antes del Oscar al mejor actor en papel de reparto por una película brillante pero superficial, Javier Bardem fue ‘El Chorizo’, con toda seguridad su mejor trabajo interpretativo, el menos fingido. Esa mala bestia es el héroe español más grande de los 90, pero a él lo único que le gustan son los jamones.
Y mucho antes de su nominación al Oscar, su diminutivo P, y su operación de busto, Penélope Cruz fue ‘La hija de puta’, una jamona de muy buen ver, algo ingenua, que se atrevía a pasear por los desiertos páramos con un vestido rojo la mar de sensual, que provocaría un impulso irrefrenable a la mala bestia arriba citada.
Con toda probabilidad, la mejor película de Bigas Luna, la más física y al mismo tiempo la más abstracta, con esos parajes alucinados y fantasmagóricos de una España muy real que, en pantalla, resulta de una fuerza expresiva que pocos directores (quizá Buñuel) supieron, o pudieron, plasmar en imágenes cinematográficas.
Hacen falta muchos cojones (y no es un chiste fácil), para filmar una historia como ésta, que debe dejar perplejos a muchos espectadores no españoles, o al menos, debe ofrecerles un relato muy alejado de lo que se puede esperar de la típica película española, tan contenidas y previsibles todas.
‘El chorizo’ quiere tener a ‘La hija de puta’. Y ya está. Eso es todo. Durante toda la película sus esfuerzos irán dirigidos hacia ese objetivo, hasta cumplirlo. Con mucha convicción, con coherencia, la película se adentra por los meandros de una pasión siempre a punto de consumarse, casi adúltera, de una potencia sensual abrumadora, que lo eclipsa todo.
