
El filme número 20 del director austríaco significó el principio del ocaso de su carrera. Así de sencillo. Un año después del taquillazo que significó Irma la dulce, cosecha un fracaso estrepitoso con Kiss me, stupid, por la que la crítica poco menos que le crucificó y el público le dio la espalda.
Sería muy interesante que alguien (yo no creo que tenga tiempo) escribiese un libro sobre lo que significaron los años 60 para directores como Billy Wilder, Alfred Hitchcock y John Ford. Sobre todo en el caso de los dos primeros, los años 60, plenos de cambios industriales y de convulsiones ideológicas, fueron muy duros, viendo cómo sufrían severos fracasos económicos, cómo su confianza en sí mismos se veía puesta tremendamente a prueba y cómo de la noche a la mañana la industria les tachaba de cineastas prematuramente desfasados.
Los cambios son inevitables, y por mucho que conozcas el éxito (y sin duda, tanto Wilder como Hitchcock lo conocieron en vida…directores desconocidos no eran, precisamente, y por eso la caída fue peor), al final la suerte te da la espalda.
Kiss me, stupid fue lo que podría haber sido Irma la dulce: el gran fracaso en el cenit que hace tambalearse al gigante. Y, cómo suele suceder, aquélla es muy superior a ésta, pero así fueron las cosas. Película maldita, adelantada a su tiempo, o más bien de temática impensable para los puritanos (por algo los hippies daban la vara…) años que la vieron nacer.
Lo del intercambio de parejas, por mucho que esté contado con el tono de comedia disparatada y de equívocos como aquí, era demasiado para muchos. Tanto prejuicio empañó durante mucho tiempo una magnífica historia con un caradura Dean Martin y una fascinante (como siempre) Kim Novak como mascarones de proa, pero también con un injustamente olvidado Ray Walston.
La idea final de Kiss me, stupid bien podría ser el amor libre (todo traspasado de una melancolía indisimulada y con un ritmo, esta vez sí, impecable), algo muy trasgresor en aquellos oscuros años post Kennedy. También la dignidad en la soledad, la de la brutal Polly la bomba, una rubia cañón con el corazón de oro.
Wilder se tambaleó, y mucho, y perdió gran parte de la confianza que tenía en sí mismo. Y aún siguió tambaleándose en lo que le quedaba de carrera. Sin embargo, aún con altibajos, siguió siendo fiel a sí mismo hasta el final, cosa de la que otros directores no pueden presumir.








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