
‘El cine opera con realidades’, escribió en su magno volumen Esculpir en el tiempo, que para el que suscribe es una revelación de talento y amor por el arte, el director, tristemente fallecido en la flor de la vida, Andrei Tarkovski, uno de los máximos estilistas y analistas del cine (y del arte) que han existido, y uno de los realizadores más extraños y profundos de la entera historia de este joven medio.
Y es cierto. El cine no es como la literatura. Al trabajar con imágenes impone una realidad al espectador. Por esta razón, porque todo lo falso lo encuentra la cámara, porque ya hay suficientes imágenes filmadas del mundo, porque una y otra vez encontramos a los llamados géneros (etiquetas…) agotados, y por unas cuantas razones más, el documental es el género cinematográfico por excelencia. Es el cine: la expresión de la realidad en estado puro, sin alterar ni transformar. Un testimonio, una reflexión directa acerca de una realidad.
El realizador Nicholas Philibert es un avezado autor de documentales, que encuentra su techo en un título extraordinario, sobre el que se nos queda pequeño un post de estas características. Ser y tener es un apasionante viaje de descubrimiento, sobre el crecimiento intelectual, emocional, espiritual casi, de un grupo de niños de primaria, guiados hacia la luz del conocimiento por un maestro maravilloso, humano y compasivo.

Cuando el arte se despoja de toda parafernalia y se entrega con pasión y convicción en lo que hace, entonces el lenguaje que lo vertebra, su estilo, su dinámica, se hacen transparentes, de modo que el espectador, el receptor, puede incluir cientos de cosas en cada elemento…en cada plano. Descubre uno así que la pantalla la llena más la mirada del espectador que la supuesta genialidad del director, la curiosidad del que mira que la creatividad del que muestra.
Así, los planos que abren esta maravillosa película - una clase abandonada, un globo terraqueo posado en un rincón, dos pequeñas tortugas, sin duda mascotas y objeto de examen por los alumnos, avanzando por el suelo - es un contenedor capaz de contener todas las ideas y las sensaciones que este plano pueda provocar en un espectador. Y como este muchísimo planos, momentos e incluso secuencias.
Con paciencia de entomólogo, Philibert buscó en más de 100 escuelas durante 5 meses, hasta encontrar la escuela idónea. Dice el cineasta: ‘todas mis películas giran en torno a la misma pregunta: ¿Cómo aprendemos a vivir con otros y con sus deseos?’. Buscó un colegio con pocos alumnos, 15 a lo sumo, y con un solo profesor. Quería hablar de algo muy específico.
Y explica: ‘existen todavía, diseminadas por toda Francia, escuelas de una única clase, en las que todos los niños de un mismo pueblo, desde el parvulario hasta las clases elementales, se reúnen en torno a un maestro o maestra. Fluctuantes entre el repliegue y la apertura al mundo, los integrantes de estos grupos variados comparten la misma vida, para bien o para mal. En una de estas escuelas, sita en alguna parte del corazón del Auverne, se rodó esta película’.
Imagine el lector la complejidad de filmar, de introducirse, de forma directa, en la intimidad del aprendizaje de un niño de pocos años. En sus relaciones personales con los demás alumnos. Philibert lo logra, filmando auténtica magia con su cámara y apenas algo de luz extra en la clase. Esto es la magia del cine, que convierte en juguete de adolescentes semianalfabetos todo el despliegue técnico de los efectos digitales por ordenador tan en boga y que a tanta gente a la que no le interesa para nada el cine les tiene tan fascinados.
Porque es mucho más difícil extraer verdad de unos niños que deben olvidarse de la cámara durante meses y mostrarse tal cual son, sin interferencias, que sentarse delante de un ordenador a modelar figuras (algo que me parece un trabajo muy digno y respetable, pero que no guarda símil ninguno con lo otro). El verdadero efecto especial del cine es la realidad, y la verdad que emana de ella.
Georges Lopez, el profesor maduro y paciente, acompaña a los niños; les ayuda, les exige, les demanda, les ofrece tanto como espera de ellos. Su lucha es titánica. Está completamente solo. Él organiza las clases, ordena el aula, escucha a los padres, limpia el colegio. La humanidad, la sensatez, la profunda fuerza moral y dignidad que emanan de él son sencillamente indescriptibles. Finalmente, cuando el curso haya acabo, el profesor tendrá unas palabras para el espectador acerca de su pasado y su vida.
El otoño (ya helado), el invierno, la primavera, y el primer verano transcurren densos e inolvidables. El montaje, adecuado y sobrio, narra con sensibilidad y sin trampas. Todo sucede con naturalidad, hasta el final del año y la llegada del final de película. Hemos presenciado, o mejor hemos sentido, el suave roce del cine auténtico, el que nos cambia y nos enseña, el que nos hace mejores personas, más sabias y pacientes, el que nos hace creer que hay algo ahí fuera que merece la pena.
Ser y tener es eso y mucho más.


Una descripcion del cine en verdad hermoso el del segundo párrafo. El documental fue el primero género y por lo tanto el original, lástima que pocos lo aprecien.
Supongo que por lo que dices eres un ferviente seguidor de la vision de Andre Bazin y su “ventana del mundo”. Aunque a mi me va mas Eisenstein.
De cualquier manera; estos post dan gustos de leerlo porque es bueno ver que no sólo hay en la blogosfera quienes se trata de reseñar o comentar de las peliculas más taquilleras o con mas “hype” del momento, sino que te atrevas a hablar al cine como el arte que es.
Aunque tal vez no sean necesarias, mis felicitaciones por tus posts.
Te recomiendo que veas “Luz Silenciosa” de Carlos Reygadas, que es una maravilla ver como dirige una pelicula a personas que nunca en su vida han sido ni serán actores más alla de esa filmacion y ver la naturalidad de su trabajo. Aparte por sus bellos planos secuencias que supongo que es lo que más admiras de la fotografia. Claro, sin menospreciar la forma en como es llevada la pelicula.
Un saludo
Hola, Álvaro:
Claro que son necesarias tus felicitaciones, dentro de una bloggosfera un tanto desesperante, con comentarios tan desagradables a menudo, y sin venir a cuento.
A Tarkovski no le gustaba nada el cine-idea de Esenstein, que vendría a ser el equivalente al que ahora hacen los Wachowski, o el que hizo antes Kubrick. Y a mí tampoco me gusta nada.
Pero tampoco me gusta nada Andre Bazin. Jajajajaj.
Salu2, amigo.