
Hay directores que dan lo mejor de sí mismos cuando están bajo presión (véase Francis Ford Coppola, que cuando hace lo que le da la gana y sin presiones parece como si le faltara algo), otros que necesitan sentirse confiados y libres para poder desarrollar plenamente su talento. No sé cuáles son mejores directores, y a lo mejor nadie lo sabe. Billy Wilder pertenece sin duda al segundo grupo, como le pasó a Alfred Hitchcock.
Esto puede trasladarse a todos los trabajos creativos. Cuando a un intelectual o un artista sensible le rompen la seguridad en sí mismo, puede ser difícil recuperarla. Wilder no supo recuperarse del tremendo fracaso de una de sus más hermosas películas, quizá la más exquisita y arriesgada, The private life of Sherlock Holmes.
Pero lo cierto es que Wilder tampoco pudo encontrar la forma de continuar siendo un cineasta acorde con sus tiempos. En su vejez perdió completamente el rumbo, como atestiguan sus dos últimas películas: Fedora y Buddy, Buddy. Bajo mi punto de vista, un artista debe pasar de modas y de la taquilla, o de las ventas en caso de un escritor, o de las adhesiones en caso de un intelectual, pero también debe ser capaz de saber reciclarse en consonancia con su tiempo.
Nadie le quita, nadie puede, a Wilder el mérito de sus mejores trabajos, que le colocan como uno de los realizadores norteamericanos más ingeniosos del cine clásico norteamericano. Pero sólo los más fanáticos (y he conocido a unos cuantos) son capaces de defender al último Wilder, o de afirmar que tenía que seguir dirigiendo películas. Pero prefiero darle la razón a Quentin Tarantino cuando dice que es mejor no devaluar la propia filmografía.
Estaba claro que Wilder estaba acabado en 1981, cuando hizo su último filme, y decir que es una salvajada no producirle más películas es un acto de vehemencia que niega la verdad, sobre todo porque el mayor error de Wilder fue depender de los éxitos comerciales. Cuando en 1993 intentó dirigir Schindler’s list, cuyos derechos ya estaban comprados por Steven Spielberg para que la dirigiera Martin Scorsese (como todos sabemos, finalmente la dirigió Spielberg), muchos clamaron al cielo porque el exitoso director no le dejaba al austríaco finalizar con aquél drama (recordemos que Wilder perdió a su madre en Auschwitz).
Pero ya cuando declaraba que firmaba autógrafos sabiendo que con tres de los suyos se adquiría uno de Spielberg, Wilder sabía que su tiempo había pasado. Durante los 20 años que estuvo inactivo, con una leyenda creciente, algunas de sus películas fueron sobrevaloradas, mientras otras se sumían en el olvido. Era fácil creer que Wilder había sucumbido a la caída de los estudios y a los funestos (con los autores) años 80. Pero ya era un anciano con una carrera irrepetible.

