24 años después de su debut, con una docena de películas a sus espaldas, ahora que han ganado el Oscar a la mejor dirección y a la mejor película después de ‘rehabilitarse’ para gran parte de sus fans con la brillante No country for old men, podemos hacer un balance de una carrera ya extensa, muy valorada en certámenes europeos y ciertamente personal.
No son, desde luego, de esos directores a los que yo llamaría ‘de una sola película’, y sobre los que podríamos hablar en un futuro, esos directores que no destacan demasiado hasta que hacen una gran película, una verdadera obra importante, y luego no vuelven a destacar más. Los hermanos judíos de Minnesota tienen varias obras de ese calibre.
Tampoco son de esos que irritan por su irregularidad, pues durante los años 90, sin interrupción, dirigieron 5 películas irreprochables y muy diferentes entre sí en tonalidades, temática, mundos y personajes. Pero parece que estos brillantes, talentosos y extraños hermanos han perdido algo en esta década, y quién sabe si lo recuperarán.
En ésta década su carrera ha dado muestras evidentes de cansancio, de repetitividad, como si les faltara la frescura que siempre les caracterizó. Oh, brother, The man who wasn’t there, Intolerable cruelty, Ladykillers y No country for old men son películas que cualquier director estaría contentísimo de tener en su filmografía. Sin llegar a ser mala ninguna de ellas, y teniendo todas momentos muy buenos, no pueden compararse a Miller’s crossing, Barton Fink, The Hudsucker proxy, Fargo y The big lebowski.

Bien pensado, ninguna dirigida por ellos en la presente década es tan buena, bajo mi punto de vista, como Raising Arizona, su segunda película, estrenada en 1987.
Sin embargo sí que han mejorado respecto de su brillante pero opaca, impersonal y gélida Blood simple, un debut del que primero hicieron el tráiler para poder encontrar el dinero con el que financiarla. No country for old men viene a ser un Blood simple revisitado y mejorado, aunque tan gélido y tan poco emocionante, con un final tan desprovisto de fuerza que sorprende hasta qué punto se le puede aguar a estos hermanos su negra tinta.
Es curioso cómo éstos hermanos pasan de emocionarnos con muchos momentos de la maravillosa Raising Arizona para luego dejarnos indiferentes con las aventuras de ese Llevelyn Moss interpretado con mucho oficio por Josh Brolin. No country for old men también se puede entender como un inexcusable ‘run for cover’ (según la terminología hitchcockiana desvelada en el volumen obligatorio para todo cinéfilo El cine según Hitchcock: un territorio conocido y confortable para recuperar fuerzas) con el que reorientar una década ciertamente gris.
Oh, brother repite a tres personajes patéticos e imbéciles (Clooney, Turturro y Blake Nelson) sin la fuerza de los tres de la película anterior, The big Lebowski (Bridges, Goodman y Buscemi). Son dos comedias que no se pueden comparar, la segunda es muy superior a la otra, que resulta sosa y sin ritmo.
Mejor les quedó Intolerable cruelty, una clásica comedia de lucha de sexos con mucha química entre Clooney y Zeta-Jones y con un guión muy superior al de Oh brother. Pero si de películas que intentan recuperar un sabor añejo (a lo Capra en esta ocasión), pues es muy superior la infravalorada The Hudsucker proxy.

Su peor película puede que sea la insostenible (aunque a cierto sector crítico le encanta su cripticismo…) The man who wasn’t there, con la que los Coen intentan repetir la complejidad y la abstracción de Barton Fink, pero con mucha menor inspiración, en un filme ciertamente confuso y sin la fuerza expresiva que tenía el drama del guionista atrapado en su mente…
Las primeras películas de los Coen, hasta la arrolladora e inolvidable The big Lebowski, posean un encanto inasible, que se desprendía de la inimitable caracterización de sus personajes y de su incontestable capacidad para ramificar en profundas ideas filosóficas, sociales y emocionales a partir de su imaginería visual y sonora. Las mejores (Miller’s crossing, Fargo) eran al mismo tiempo bellas y emotivas, terribles y desoladoras.
Ignoramos qué será de su futura carrera. Sin duda habrá películas sorprendentes, divertidas, ingeniosas o extrañas. Pero deseamos que sean capaces de reencontrar esa genuina mirada gamberra, combativa y sí, humana. Como también deseamos que los lectores nos digan qué opinan de ésto.




Personalmente, el final de “No es país para viejos” me pareció muy valiente. En general, toda la película lo es; hay que tener la cabeza y otras partes del cuerpo bien puestas para utilizar un anticlímax de esa forma. Los Coen corrieron un gran riesgo y sólo por eso merecen todos mis respetos.
Es evidente que somos la generación de espectadores más “preparados” de toda la historia. Desde la cuna mamamos cine, televisión, libros, cómics, videojuegos, etc. En nuestro subconsciente hay recopiladas millones de imágenes, de diálogos, de situaciones y, cuando hemos visto algo antes, lo sabemos. Aunque no identifiquemos dónde lo hemos visto, sabemos que está trillado.
Por eso resulta cada vez más difícil sorprender, ofrecer algo diferente. Y por eso, como espectadora, agradezco películas como esta. Los directores me tratan con respeto al suponer que soy una persona adulta que puede digerir un chuletón de Burgos, en lugar de la papilla habitual. Aunque al final de la cena el chuletón me siente como un tiro…
Símiles culinarios aparte, el monólogo final de la película me pareció brillante (“Y entonces me desperté”). Pero eso es lo maravilloso del cine, ¿no? Que es una experiencia subjetiva, y que yo nunca voy a ver la misma película que el tío que se sienta a mi lado.
Mil disculpas por la “chapa” y un saludo.