En consonancia con su talla artística, los temas y personajes que atraían a Billy Wilder eran bien dispares, y si en su década más conflictiva (los 70 serían sencillamente grises) escribía la historia de un director de una central de Coca-Cola, otra de una prostituta, otra de un abogado fullero y otra de un caradura cantante, era bien capaz, finalmente, de terminarla con la más hermosa adaptación que jamás se ha hecho de uno de las creaciones literarias más célebres de todos los tiempos.

Ahora bien, aunque el esfuerzo, y los resultados, fueron grandísimos, La vida privada de Sherlock Holmes se saldó, en taquilla, con un clamoroso fracaso, teniendo además en cuenta su alto coste, que hundiría definitivamente la carrera de Wilder hasta un abismo del que ya no se recuperaría.

Ciertamente, el estilo de Wilder no era el más apropiado para las vanguardistas corrientes que a finales de los 60 y principios de los 70 comenzaban a cambiar el panorama del cine mundial. Puede ser que Wilder no supiera reinventarse, pero nada de todo esto le quita mérito a su película. Antes de entrar en consideraciones estéticas, es importante señalar que la película no duraba dos horas, sino más de tres horas y media, pues Wilder pretendía que fuera un grandioso filme épico (a su manera, claro está, no a la de su admirado David Lean), pero todo se frustró por la desastrosa gestión de la UNITED ARTISTS, que mutiló una obra personalísima para venderla luego de la peor forma posible.

Pese a todo, pese a que gran parte de su metraje desapareció (de hecho, se destruyeron los positivos y sólo se conservan dos secuencias inéditas, mudas porque no se les pasó el sonido, de una hora y media de secuencias eliminadas…sin palabras), este filme se erige como uno de los más importantes que dirigió Wilder, tanto por su inspiración, su innegable altura y su profundísimo sello personal. Una auténtica gozada para todos los amantes (y somos cientos de millones…) del personaje creado en 1887 por el escocés Arthur Conan Doyle, realizada con un mimo y un amor por el detalle a falta de otra palabra mejor asombrosos.

Robert Stephens, un reputadísimo actor de teatro fallecido en 1995, da vida a un Holmes al mismo tiempo clásico y sorprendente, muy sorprendente. Una figura romántica y peripatética, de vasta inteligencia pero aún más vasta sensibilidad (que por supuesto intenta soslayar a fin de que su célebre intelecto no se vea entorpecido…aquí con escaso éxito), poco amigo de los clichés y mucho de la intimidad y de una vida estimulante, como el más hedonista de los personajes wilderianos (de Oscar Wilde…). Su Holmes da buenas muestras de percepción, y su fracaso final no desfigura, a poco que tengamos un poco de visión, el mito.

Es maravilloso, si es uno asiduo lector de las novelas, que Wilder y Diamond decidieran incluir en la trama a uno de los personajes más fascinantes que han dado: el hermano de Holmes, Mycroft, interpretado por uno de los intérpretes más imponentes y amados de la historia: el londinense Christopher Lee.

Fastuosa, idílica, fotografía en color de Christopher Challis, que aquí ilumina seguramente su mejor y más recordado trabajo, sacando todo el brillo posible a una dirección artística de Alexandre Trauner, como suele ser habitual en sus colaboraciones con Wilder, poco menos que sublime. Ambos jefes de departamento ofrecen una paleta de colores, una plasticidad inolvidable, unos rangos emocionales que varían del romanticismo más arrebatado, al suspense más gótico, pasando por un sentido del ‘fantastique’ inesperado y estimulante.

La compleja historia detectivesca, contada con una pericia que envidiarían Hitchcock y Fisher, se complementa a la perfección con la bella historia sentimental que impregna toda la trama de un tono de desgarrada melancolía y sutil emotividad. ¿Se nota que nos gusta la película? No es que nos guste. Es que es una obra maestra del cine.