Para recuperarse del brutal batacazo que supuso la estupenda y nada valorada Kiss me, stupid, Wilder, según sus propias palabras, necesitaba sentir que volvía a estar en forma. Tanto él como Diamond se pusieron manos a la obra con uno de los guiones más furiosos que escribirían juntos, que daría lugar a la magnífica The fortune cookie.

Hay mucho en ésta tragicomedia que recuerda a The apartment, sobre todo en esa mezcla de tonos que tan bien le quedó en su obra cumbre, con el añadido de la presencia arrolladora de Matthau, quien por cierto sufrió un ataque al corazón en mitad del rodaje, lo que se percibe en su aspecto más debilitado de las últimas escenas…

Matthau quizá de vida al abogado más fullero, astuto y, hablando en plata, hijo de puta embaucador de la entera historia del cine. Y si su Willie Gingrich no lo es, cerca anda. Un tipo sin escrúpulos pero con la labia suficiente para convencer a su cuñado Harry Hinkle (soberbio Jack Lemmon, en un papel hermano al de El apartamento, pero aún más patético, pues todo lo que hace lo hace para recuperar a la golfa de su ex-mujer…) de embarcarse en una estafa de seguros (de nuevo los seguros…) que o bien les reporta una buena cantidad de dinero o consigue que les metan en la cárcel.

En realidad, todo no es más que una excusa para uno de los retratos más desoladores que se conocen sobre la mezquindad, el interés, la corrupción del mundo moderno, la falta de valores como la amistad, la fidelidad (aunque sea a una idea), la carencia total de dignidad…Wilder se despachó a gusto, aunque en sus propias palabras la película no le resultó todo lo buena que nos resulta a nostros, espectadores. Según dijo: ‘The fortune cookie no es más que medio bateo”.