¿Cómo poner a parir al corrupto y decadente mundo capitalista, mientras se atacan las hipocresías y abusos del brutal mundo comunista? ¿Y cómo hacerlo con un James Cagney ya maduro pero aún depositario de una fuerza arrolladora? Billy Wilder, después de su obra cumbre, lo tenía claro. La respuesta a ambas preguntas es una de las comedias más ‘rápidas’ e ingeniosas que dirigió el austríaco

Lo que viene a ser lo mismo que decir una de las comedias más ‘rápidas’ e ingeniosas de la historia del cine. Y cuando decimos rápidas, decimos veloces. Los chistes de Uno, dos, tres alcanzan un ritmo tan furioso que en su tercio final uno se pregunta de qué chiste está riendo, si es que las carcajadas no le impiden oír los diálogos o percatarse de las situaciones que Wilder y Diamond despliegan con genio.

Al director de la central de Coca-Cola (tenía que ser esa marca…) en Berlín oeste, le dejan como responsable de la hija del jefazo, que es una cabeza loca y que se traerá una sorpresa de sus juergas de Berlín este. Con tan brillante punto de partida, Wilder construye una locura de vigoroso ritmo (del que deberían aprender todos esos ‘brillantes’ directores que sólo copian planos a razón de 60 por minuto) con la que no dejará títere con cabeza.

Cagney, el director de la central, claro está, impresiona con la velocidad de sus diálogos y su presencia enorme en pantalla (con lo bajito que era…), dando vida a uno de los personajes más wilderianos, más recordados y más cáusticos de la carrera del director austríaco. Su mente es tan ágil que es capaz de urdir una farsa para salvar su trabajo mientras se ríe de todo el mundo: periodistas, aristócratas, policía, burgueses, rusos, americanos…

Contando con una magnífica dirección artística del gran Alexandre Trauner, y su habitual majestuoso B&N, es una ‘screwball comedy’ que tardó demasiado tiempo en llegar a España.

Me gustaría saber cuántos de nuestros lectores la han visto: