Charles Lindbergh (1902-1974) fue el primer piloto en cruzar el Atlántico en solitario y sin escalas. Lo hizo en 1927, en un vuelo de 33 horas y 32 minutos, a bordo de su monoplano de un solo motor, al que llamó El espíritu de San Luis. 30 años más tarde, Billy Wilder estrenaba su versión del asunto, y no deja de ser lógico que sea una de sus películas menos vistas, pero es puro Wilder…

Ayudado en las labores de guión por Wendell Mayes y Charles Lederer (adaptando el libro por el que Lindbergh ganaría el Pulitzer), es sin duda una propuesta extraña por parte del director que con tanto sarcasmo y mala hostia diseccionó las miserias de Hollywood, de la prensa, de las compañías de seguros o del alcoholismo en anteriores filmes muy célebres. Para terminar de rematarlo, el elegido para encarnar a tan famoso y controvertido personaje sería un actor tan poco wilderiano como James Stewart.

Pero ahora que lo pienso, no termina lo extraño ahí. Lindbergh, que seis años después de su hazaña perdería a su hijo de 19 meses en un secuestro y posterior asesinato, fue un personaje polémico que en los años 30 se declararía a favor de Hitler y del aislacionismo de Estados Unidos. Por todo esto, esta epopeya americana, dirigida por un hombre que huyó de Europa a causa de Hitler, es, pese a quien pese, un título extraño.

Sin embargo es un filme estupendo.

Es estupendo que Wilder sea capaz de construir una obra tan ágil, teniendo en cuenta las obligaciones de su contrato respecto a ceñirse a la novela, teniendo en cuenta la escasa identificación con el protagonista que debió sentir por las razones ya citadas, y teniendo en cuenta lo difícil que es contar esta historia sobre un tipo que se monta en un avión a sobrevolar un inmenso océano hasta su llegada a París, sin aparentes caídas de ritmo o de interés.

Plásticamente es una obra muy Wilder, con sus habituales puntos de vista en los ángulos de cámara: clásicos pero audaces. Y Stewart está extraordinario, sobrio y emotivo. Poca profundidad psicológica para una gran película de aventuras.

Estrenada el 20 de abril de 1957, aún tendrá tiempo ese año de terminar otra película (de la que hablaremos mañana), y de filmar una obra maestra (que tendrá sus líneas el miércoles), que terminaría para inicios de 1958. Después llega, como un ciclón, la plena época más Wilder, gracias a un guionista con el que cristalizará su estilo.