
Imperfecta e Impresionante.
Contar una historia más grande que la vida, en un futuro apocalíptico y desasosegante, y con muy poco dinero, y antes de The terminator (4 milagros en uno), es posible. ¿Qué más da que no goce del prestigio de otros Sci-Fi más aparatosos? Junto con la película de Cameron, que es una obra maestra aún por encima de esta, forma un díptico del que quizá es la hermana fea…a redescubrir.
Max está finalmente solo, y para el resto de su vida. Y esto se percibe desde su primera secuencia. El mundo, definitiva y justamente devastado por la Tercera Guerra Mundial, es como un reflejo exacto de su estado interior: desértico, árido, silencioso y desesperanzado. Su mejor amigo, su único amigo, es un chucho leal y pulgoso, avejentado y estoico, que ni protesta ni pide nada. Max está menos loco que en la primera parte, quizá porque la locura del mundo es ya suficiente sin él.
Convertido en un llanero solitario a lomos de su alucinante V8, Max recorre el páramo en una búsqueda agónica de gasolina que le lleve unos kilómetros más allá, en un viaje a ninguna parte. Miller tiene un talento tan imponente que sabe llevar a su personaje de los albores del desastre (Mad Max I) hasta un mundo polvoriento y salvaje. Y eso es lo que más asombra al espectador sin complejos: su pasmoso salvajismo.
El comienzo es brillantísimo, tenso como una cuerda que se estira, como una nota de violín estresada al máximo. Aún hoy, con las películas ‘diseñadas y prefabricadas’ de Sci-Fi que tenemos, este relato ‘de carretera’ está plenamente vigente, con su metáfora de la deshumanización del hombre por culpa de la gasolina, de la carretera, de los coches.
Porque los coches son los verdaderos protagonistas de esta gran película. Ellos, y el dorado carburante que los hace moverse. Después del desastre, cuando es necesario que el hombre se una para sobrevivir, aún entonces la gasolina nos sigue dividiendo.
Un cómic furioso, una película mítica
Teniendo en cuenta un trasfondo tan global, lo cierto es que Mad Max II narra una historia bastante pequeña, sencilla, insignificante casi, que se puede filmar con cuatro cuartos y que debería sonrojar a los responsables de 3 Días: Max se involucra con un poblado de supervivientes que está resistiendo el acoso de los salvajes esbirros de Humungus (un brutal Kjell Nilsson), que cuenta con un lugarteniente (quien poco importa que tenga el culo al aire, porque causa escalofríos) por nombre Wez (alucinado y alucinante Vernon Wells. Les ayudará a su pesar y quedará solo nuevamente.
Con trazos y planos de un cómic tenebroso de Richard Corben y el pulso del mejor John Carpenter, el esquematismo del guión es una baza más que ayuda a disfrutar más gozosamente esta trepidante película cuyo clímax, la brutal y casi interminable persecución del grupo bárbaro a un machacado Max, no termina de estar a la altura.
Durante 10 min. (de reloj) asistimos a la caza: un camión empujado a la superviviencia espoleado por dos docenas de vehículos diseñados para matar. ¿Se puede pedir más? Para Miller, ésta secuencia es su hundimiento del Titanic particular: un crescendo escalonado que destruye por completo el ritmo secuencial pero que asombra por su esfuerzo desmedido, gratuito, innecesario. La carnicería está servida, y el espectador glotón de imágenes enfermizas está de enhorabuena.
Sensaciones
Una sensación trasciende a todas las demás: la de que el hombre es más una pesadilla que una bendición para el mundo, y de que nos merecemos exterminarnos a nosotros mismos. Lástima que la naturaleza deba sufrir en esa lucha fratricida. No es Australia y sus páramos, es el mundo entero el que ha sido devastado. Tiene mucho, mucho mérito, que Miller sea capaz de transmitir esto con tanta sobriedad, tan pocos medios y unas claves tan ‘de género’.
La otra sensación es la de que se pueden construir personajes en cine de un modo distinto a como se hace en literatura o en teatro. Y algunas películas lo consiguen, dejando como idiotas a los que creen (erróneamente) que en cine se ha de hacer igual que en las artes nombradas: con la labor física de un actor (gestos, marcajes, primeros planos, voz, ojos, miradas) y con una puesta en escena y una historia centradas en él…
Max es un superviviente nato, un guerrero, un atormentado solitario. Y Mel Gibson (un tipo homófobo, reaccionario y chalado) un gran actor. Ahí está el corazón de la película. Max tiene sus normas. No es ningún héroe…hasta el final. Ayuda al masacrado superviviente del páramo porque le prometió gasolina a cambio, y por eso se arriesga a entrar en el poblado. Espera la misma honradez a cambio, sin saber que las sociedades, los grupos, son egoístas, y no sacrificarán sus ideales por una oportunidad.
Eso lo convierte en hombre: la necesidad.
Después se la juega trayendo el camión. Es una aventura que le lleva al límite y que permite la entrada a algunos enemigos (entre ellos Wez, que tiene una espectacular secuencia). Ahora es un valiente. Pero todavía no es un mito, para eso tendrá que jugar con la muerte.
Y jugará con ella cuando crea aferrarse a la vida. Esto es, cuando crea que al quedarse solo, al marcharse con su parte de gasolina, empezará su libertad otra vez. Gran error. Max es valiente y habilidoso, pero no es invencible. Los guerreros del páramo le alcanzan y destruyen su coche. A punto de morir, se salva ‘in extremis’.
Por eso su decisión de conducir el camión hacia la libertad (‘créeme, no tengo otra salida’) es más moral que real. Sabe que no hay esperanza. Sospecha que le van a engañar, que le van a sacrificar. Malherido por el encontranazo en la carretera, es un piloto tuerto. Pero contra todo pronóstico lo consigue.
Eso lo convierte en mito.

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Gran reseña, muy interesante