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Martín (Hache) es una maravillosa que versa sobre muchas cosas.

Sobre la adicción. Mejor dicho, sobre dos tipos de adicciones. Uno es la adicción al amor. La otra es la adicción a las drogas. Pero no la adicción nefasta y autodestructiva. No. La adicción consentida. La del amante de las drogas que ama lo que le transporta a una realidad quizá más mentirosa, pero sin duda más placentera.

Martín (Hache) no es una película moralista sobre las drogas. Su acercamiento al tema podría ser más bien frívolo, con el maestro de ceremonias Dante (sublime Eusebio Poncela), sino pasara sobre él de un modo casi circunstancial: las drogas no son más que un divertimento emocional e intelectual, lo complicado son las personas. Y a esa máxima se entrega Adolfo Aristarain, uno de los talentos del cine mundial. A las personas.

La adicción al amor, la no consentida, la que duele de verdad, es mucho más incontrolable, aunque sea mucho menos placentera. Genial la frase de Luppi: “si se te muere un hijo no te duele, te destruye. Te morís con él”. Pero esta irrepetible película es un estudio sobre las relaciones, en su cuarteto protagonista casi excluyente: relación de amistad masculina, de filiación parental, de atracción en edades asimétricas, de aprendizaje de otras sexualidades, de noviazgo atormentado.

Y todas ellas amenazadas por el fantasma del desastre, del egoísmo…

Pero el tema fundamental, el morbo fundamental, de esta película, es su sentido de la subversión. Subversión en todos los órdenes. El más importante el social, el de las apariencias. Cuando Poncela se baja del escenario (previa mirada, muy importante, a un Juan Diego Botto que no le presta atención, y que provoca el acto sin querer), asistimos a un acto de subversión como no ha visto el que firma en su vida. Un acto que dinamita las convenciones sociales, la máscara de la expresión artística, la mentira de la representación dramática.

Un milagro, un sueño hecho realidad.