¿Estaba Wilder enamorado de Dietrich? Seamos malos…digamos que sí. Al menos de sus dotes como actriz. Bajo mi punto de vista, sus caracterizaciones eran casi siempre teatrales, pero su presencia tenía muchísima fuerza, mucha potencia. Es como una especie de Bogart, pero en mujer y rubia platino. Esto es: un talento sobre todo por ser ella misma.

Su colaboración en una de las películas menos conocidas de Wilder, la estupenda A foreign affair, es crucial, haciendo desaparecer a una actriz que en 1948 ya sonaba a desafasada en estilo: Jean Arthur. Tampoco está nada mal John Lund, un actor engañosamente wilderiano.

Lo cierto es que la mala leche (abundante y navajera) de ésta película, redime, y de qué manera, al director de la insustancial The emperor waltz. No sentó muy bien éste relato del colaboracionismo norteamericano, ni éste retrato sobre la reconstrucción de Berlín, pero a Wilder parecían darle lo mismo las ideas políticamente incorrectas. Y se le recuerda precisamente por eso.

Podría haber rodado ésta película Stroheim, y es que el estilo visual, las atmósferas y muchas otras cosas recuerdan al admirado cineasta al que Wilder dirigio como actor en un par de ocasiones. Ciertamente, seguimos inmersos en una zona, digamos, ‘media’ de Wilder. Para otro director normalito, pues sí, pero para Wilder esto una historia muy fácil, casi alimenticia.

Por supuesto existe el aliciente de regresar a Berlín. Iluminada por el artesano Charles Lang en un buen blanco y negro, lo cierto es que éste es un Berlín soñado, de ópera, más imaginado que real. Y justo es que sea así, con la terrible historia de la familia de Wilder.