Todas las carreras, hasta las más brillantes, tienen valles que, comparadas con los picos, le producen a uno la sensación de tiempo perdido o de devaluación de una filmografía. Cuando Tarantino dice que no quiere hacer películas más allá de tener 60 tacos, porque solo quiere hacer películas ‘con la polla dura’, se refiere a eso, a que no quiere valles, lo cual es una postura intelectual interesante y valiente, aunque sin duda ingenua.

Billy Wilder también era un director-guionista, pero su situación era muy diferente a la de Tarantino, y el mundo en que vivía también, y su posición en la industria también. Stalag 17 no es una gran película, pero es una película Wilder, y desde luego huele (sabe) a película Wilder, con sus defectos, su desfase, su teatralidad y su incrustamiento en una época y una forma de hacer cine.

Puede que un gran director sólo pueda hacer una gran película toda vez que sea capaz de adaptarse a una industria, y luego pueda soslayar las constantes de esa industria para hacer lo que de la gana. Como un surfista que primero se adapta a la forma de moverse de la ola para a continuación efectuar sus filigranas sobre ella.

Gran trabajo de William Holden, en un papel difícil y poco lucido, el de un patético perdedor, el de un hombre atrapado en un campo de prisioneros cuyos compañeros sospechan que es un delator. Una pieza de cámara con mucho ritmo y realmente entretenida, un Wilder menor y muy disfrutable, que ahonda en el sentimiento de la sospecha y del martirio al inocente.

La primera mitad de los 50, algo irregular, desembocaría en una segunda mitad apasionante. Falta poco para llegar a ella.

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