Cuentan que, hace miles de años, el valle donde ahora se sitúa Hollywood, lo que algunos ignorantes llaman ‘la meca del cine’ (que ya casi suena tan manido y gastado como esa bobada de ‘el séptimo arte’ para referirse al cine), cuentan, digo, que me voy por las ramas, que el valle era una ciénaga inmensa, anexa al mar, a donde llegaban centenares de animales (de hecho, hay pruebas fósiles que lo demuestran), buscando un oasis para quedarse atrapados y morir en el fango.

Algo de eso era Hollywood, su cara más oscura, en 1950 (imaginemos ahora…), el año en que Billy Wilder presentó una de sus realizaciones más sobresalientes: Sunset Blvd. (que en España se llamó El crepúsculo de los dioses…un buen título sustitutivo, para variar), y que podemos situar entre las 4 ó 5 mejores películas sin temor a equivocarnos.

Hay que bucear mucho en el cine americano para encontrar un drama tan sórdido (más…imposible) como éste, y fuera de la filmografía de su director (ya que el díptico Double Indemnity/The lost weekend se sitúa muy cerca de esta negrura): como The Hustler, Touch of evil, Bad lieutenant y muy pocas más… Ignoramos si Wilder vivió jamás una aventura semejante en sus años de guionista a sueldo, pero pocas veces en su carrera se encontró más inspirado que aquí.

En su última colaboración con Charles Brackett, el relato es acerca de la degradación moral y vital del guionista decadente Joe Gillis (interpretado con gran fuerza por el siempre infravalorado William Holden en su primer trabajo con Wilder), cuando conoce a una estrella del pasado, del cine mudo, por glamouroso nombre Norma Desmond (interpretada con fuerza indescriptible por la sinpar Gloria Swanson en el papel más recordado de su dilatada y fascinante carrera).

El mayordomo de Desmond no podía ser otro, según la lógica del relato - que critica ferozmente la crueldad de las modas, del paso del tiempo, de la hipocresía del mundo del cine -, que el admirado por Wilder Erich Von Stroheim, que con su pétreo rostro de estatua, es una figura peripatética más (también vemos a Buster Keaton, Cecil B. DeMille o H.B. Warner) en el paseo espectral que supone la visión de esta obra maestra.

Para qué hablar (ya lo han hecho miles de cronistas antes que yo, y seguro que mejor) de la portentosa fotografía de John F. Seitz, de la fenomenal música de Franz Waxman o del premiado, recordado y colosal diseño de producción de Hans Dreier y John Meeham. Baste decir que la dirección artística y decorados de esta insuperable película podrían competir (o incluso ser aún más inspiradores) que los del Citizen Kane. Pero cuando algo queda en la memoria cinéfila…

Imposible empezar mejor los 50 que con esta obra maestra. Nadie podía creer que aún podría superarse.

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