En el primer parón importante de su carrera (1945-48), tras haber ganado un Oscar al mejor director por The lost weekend, Billy Wilder regresó con dos películas que ciertamente no son ni de lo mejor de su filmografía ni de lo más conocido. Una de ellas es, además, su primera película en color (technicolor). La otra es su primer regreso a Alemania, a Berlín, tres años después del cese de la Segunda Guerra Mundial.

De la segunda hablaremos mañana. Ahora podemos decir que The Emperor Waltz, estrenada cuando Wilder contaba 42 años, dentro de su innegable interés y vigencia, es una de las películas más impersonales y menos inspiradas de Wilder. Un musical que cuenta con un Bing Crosby que prácticamente eclipsa a cualquier otro intérprete (menos a Joan Fontaine, por supuesto).

Lo único apreciable, el solitario rasgo de carácter del personaje principal interpretado por Crosby en el que observamos una constante wilderiana, es sin duda el tesón comercial a la hora de vender su producto, un fonógrafo que pretende venderle al emperador austríaco. Poco más de la visión cínica y desencantada del mundo capitalista que el director profundizaría en otros títulos más destacados.

Todo huele a demasiado clásico y blando en esta comedia musical. Ni siquiera se la puede considerar una comedia (a la que todavía no regresaría) en estado puro, sino un melodrama hollywoodiense típico de la época de la caza de brujas: somos todos estupendos y fantásticos y el mundo es un lugar hermoso donde vivir.

No es de extrañar que Wilder renegara por activa y por pasiva de este encargo de los estudios. Da que pensar el momento que tuvo que atravesar para que un flamante ganador del Oscar se viera obligado a firmar una película tan poco interesante. Aún hay quien defiende a capa y espada esta sexta película de Wilder, aludiendo que es una joya a redescubrir. No podemos estar más en desacuerdo.

Mejor le iría con A foreign affair, aunque sin regresar a la maestría de pocos años antes.