
El año en que el ejército norteamericano (junto con divisiones británicas y canadienses, que nadie se acuerda nunca de ellas…) tomaba las playas de Normandía, Billy Wilder por fin dirigía una película casi perfecta, y que sería recordada, décadas más tarde, como un clásico irrepetible del cine negro, icono del mismo. Un filme que muchos realizadores sueñan con lograr en la plenitud de su carrera. Wilder lo logró a los 38 años. Hablamos, por supuesto, de Double Indemnity.
Detalles como la tobillera de Barbara Stanwyck, que la dotaba de un erotismo del que esta gran actriz carecía, hacen difícil un comentario sosegado y profundo de este intensísimo y brillantísimo drama. Un relato de una turbiedad que es difícil imaginar el impacto que hubo de tener en su época (constituyendo el primer gran éxito de una larga serie de éxitos en la carrera de su director). Stanwyck, arpía manipuladora como no hubo otra, Fred MacMurray y Edward G. Robinson dan cuerpo a un heterogéneo trío que funciona con singular perfección.
Fotografiada de manera sublime por el insigne operador John F. Seitz, que ya había trabajado con Wilder en su anterior Five graves to Cairo y que aún trabajaría con él en The lost weekend y en Sunset Blvd., el abanico de variedades de luz en interiores es algo indescriptible y que otorga una paleta de profundidad y estilizamiento impagables a este relato. La música de Miklós Rózsa hace el resto.
El título, por supuesto, alude al objetivo económico de los dos amantes y al crimen que estarán dispuestos a perpetrar para lograrlo. Coescrita por el gran Raymond Chandler, uno de los más grandes escritores del siglo XX (creador del inolvidable Philip Marlowe), el guión es una bomba de relojería, con algunos de los mejores diálogos de la historia del cine.
He de admitir que me parece una película impresionante, pero tan perfecta, tan fría, que no llega a emocionarme como posteriores obras maestras de Wilder. Double Indemnity es la película de un director absoluto, que a su tercer intento en solitario dominaba perfectamente el medio. Pero aún tenía que saber quién era. Aún debía superarse siendo el Wilder de finales de los 50 y primeros 60.

