No fueron pocas las injusticias cometidas en ésta edición de los cada vez más estrambóticos y desangelados premios Oscar. Por supuesto que la más sangrante fue la decisión de los académicos de considerar superior a la muy brillante, pero de una vacuidad y una impersonalidad muy molestas, No country for old men sobre la colosal y siniestra epopeya, de connotaciones mefistofélicas, There will be blood. Pero al menos la película, el director, el actor, el director de la cinematografía y otros grandes artistas de aquella obra maestra vieron como se les reconocía su labor con sendas nominaciones (dos de ellos incluso con premios, como sabemos). Ésto no ocurrió con el creador de la asombrosa música que otorga al filme de un aura muy especial, a pesar de que pocos días antes había recibido el premio a la Asombrosa Contribución Artística en el Festival Internacional de cine de Berlín, donde Anderson también ganó el premio a la mejor dirección. Para entendernos, se trata de una mención especial otorgada por el jurado, fuera del palmarés establecido.

La razón que arguyó la academia para no incluirla entre las cinco finalistas es de corte reglamentario, pues más del 50 % del score empleado es de otras fuentes, como piezas de Johannes Brahms o algunas piezas que parece que Greenwood empleó parcialmente para algún otro trabajo previo. Así silenciaron una de las creaciones melódicas más importantes de la década por la amplitud de su ambición y por su singularidad.

Johnny Greenwood no necesita un Oscar, pero no está de más adentrarnos en su aportación crucial al relato que protagoniza el abyecto Daniel Plainview. Es su partitura de una sencillez y sobriedad sorprendentes para un músico tan apegado al vanguardismo sonoro. El guitarrista de Radiohead se enfrenta a la épica de las imágenes con cuerdas de violines y chelos solistas, con esporádicas notas a piano, que otorgan a la secuencia de una dimensión altamente psicológica.

Partiendo de las sonoridades del country y el folk estadounidenses, en una película que aborda las raíces de la ambición y la amoralidad de los magnates que cambiaron para siempre el paisaje de las praderas, Greenwood opone tensión y una diáfana oscuridad a lo que cabría esperar de un post-western como éste. Apoyándose en sintetizadores que no ocultan su naturaleza electrónica, sino que la potencian, entramos en un tono de contenido horror. No en vano, está muy inspirado por la música del gran Krzysztof Penderecki, que a su vez se inspiró en sus comienzos en Stravinsky, un músico asociado a títulos como The shining o The exorcist.

No hay más que una única melodía que se va desarrollando a través de los once cortes. El resto son arreglos a percusión, sonidos inquietantes, violines descuartizados. El ritmo y el tono de la música concuerdan con el de las imágenes del filme, pero su carácter, su espíritu, está adelantado a su temática, estableciendo un puente entre aquella época y la nuestra, como si coloreara todas esas décadas con la misma desesperación, la misma culpa. En esta, su segunda banda sonora oficial, Greenwood no tiene miedo de no ofrecer lo esperado, y es capaz de superar las expectativas con un trabajo brillante, opresivo y fuera de toda norma.