Existe una raza de películas, no exenta de títulos famosos por cierto, cuya singularidad mayor, a parte de dejar al espectador con un sentimiento incómodo de déja-vù, reside en que no es fácil discernir el por qué de ese déja-vù. En otras palabras, y para entendernos, lo tienen todo para ser grandes películas, y por momentos pareciera que esa gran película va a comenzar de una maldita vez. Pero tal cosa nunca sucede, y sus numerosos dones no son obstáculo para considerar al film absolutamente fallido y sin interés ninguno.
Lo siento. Llevo un tiempo siendo muy duro con algunos directores, y algunos lanzamientos en Dvd y en algunas críticas. Puede que algunos piensen (sin motivo) que lo hago a propósito, que mi intención de declarar el estado del cine actual como comatoso (por decir algo suave) es una exageración que invento para ganar lectores (???), cuando ya me gustaría a mí ir a ver películas que me parecieran formidables, y ver que a los consumidores no les toman el pelo en los Dvd, ni que algunos directores valiosos terminan por aguar su fuerza expresiva, como en el caso que nos ocupa. Y me parece especialmente lamentable cuando se trata de un director absolutamente inclasificable (hasta sus dos últimas películas) cuyos últimos trabajos, por mucho que algunos despistados digan que ahora llega a su plenitud, denotan un sensible declive en cuanto a autoexigencia y a solidez dramática.

Me pasa exactamente lo mismo con A history of violence (aunque si he de quedarme con una, me quedo con esa) la tan temerariamente alabada anterior película de Cronenberg, que constituyó un interesante pero soso cambio de rumbo en la temática del realizador canadiense. Pareciera que aunque todo está en su sitio, faltara algo, como que es incapaz de imponer su propia huella (que tan indeleble marca ha dejado en tantos cinéfilos anteriormente) en el más clásico cine negro.
Sin embargo aquél film gozaba de un sólido y complejo guión de Josh Olson, que adaptaba la novela gráfica homónima de John Wagner y Vince Locke, mientras que aquí, el libreto de Steven Knight roza a menudo lo banal, y en ocasiones se instala en la mediocridad, en el cliché y en la más previsible de las historias mal contadas. En ningún momento engancha la trama, que Cronenberg narra con su habitual profesionalidad, y que enmarca con sus magistrales tonos ocres, sus ambientes claustrofóbicos y un estilo a lo gran guiñol, y los personajes, todos, son poco creíbles, adolecen de falta de rigor y en ningún momento hacen partícipe al espectador. Viggo Mortensen encarna a un personaje cuya sorpresa llega tarde, cuya transformación está forzada por los acontecimientos y aún así nunca es creíble. Igual Naomi Watts, una de las mejores actrices de su generación, cuyo papel bordea el ridículo más absoluto al no saber nunca qué pinta en esta trama. Armin Mueller-Stahl borda su trabajo, pero su papel está totalmente desaprovechado. Lo mismo que el de Vincent Cassel, cuya relación con el de Mortensen daba para muchas cosas que están insinuadas, pero que nunca se hacen realidad.
Si no me creen vayan a verla y malgasten su dinero. Pero el que crea que van a contarle una historia apasionante sobre los tejemanejes de la mafia rusa en Londres, sobre las marcas (tatuajes en esta ocasión) físicas que dejan las dobleces del alma, sobre la redención, sobre la transformación de un monstruo en un ser humano, saldrán vivamente (o mortuoriamente) decepcionados de la sala. Este no es mi Cronenberg. No es el Cronenberg que me fascinó en Naked Lunch o Dead Ringers, el de las complejidades del amor y del deseo de M. Butterfly o Crash, el romántico siniestro de The fly.
Parece que han vencido. Han vencido los que propugnaban que Cronenberg había hecho su mejor trabajo en A history of violence, esos mismos despistados que creían que el director canadiense era un moderno, cuando filma de un modo clásico y depurado y son sus temas, nunca acomodaticios, los que se salen de la norma. Han ganado los que quieren que los grandes artistas se parezcan más a los pequeños artistas, o a los grandes farsantes. Pero yo aún confío en que Cronenberg rectificará y volverá a ponerse las pilas, y hará un film magistral que incomodará y dejará perplejos a los que no saben ver más que lo superficial en el arte, lo bonito, lo fácil…
Aún no es demasiado tarde. Y, si lo es, me quedan las películas citadas, y alguna más, para recordar a un director de verdad.



Estoy de acuerdo, ayer me metí emocionado a ver una pelicula de las buenas de Cronenberg y salí pensando como habría ocurrido durante el montaje o el rodaje para que quedara tal desaguisado de película.
Los personajes están desdibujados, la trama se resuleva a 10 minutos del final en plan cutre salchichero, vamos que el guión está de pena. Ahora el Viggo Monterssen si que me gustó, muy creible aunque no está acompañado, y la Watts no sé como no pidió que le quitaran el nombre de los carteles, no sólo no pinta mucho sino que a mi entender ocupa demasiado metraje. Actores con intención pero sin guión no dirección clara, más bien ausente.
Un fiasco, hagan caso esta vez. Mejor quedénse en casa.
Pues yo no he visto ni una ni otra. Con Una historia de violencia las circunstancias me lo han impedido y, la verdad, tengo ganas. Pero con esta ultima creo hasta tal punto que voy a coincidir con lo que dice Adrian Massanet (aunq he leido el comentario por encima porque, claro, no he visto la peli y no qiero leer de más :P) que ya realmente no tengo demasiadas ganas de verla. Pero bueno, es Cronenberg. Habrá que verla, antes o después.
En mis críticas no cuento la película, aunque supongo que estaréis acostumbrados en otros medios. Se puede leer de cabo a rabo ANTES de ver el film, porque para eso lo escribo. Pero cada cual es muy libre, por supuesto.