12 años han pasado desde la última aventura de John McClane, aquella pequeña joya que fue Die hard: with a vengeance. Parecía que la franquicia había llegado a su fin definitivo en esta década, pero a mediados de la misma se anunció un proyecto más que avanzado, y aunque muchos no lo creímos, aquí tenemos la película terminada, y estrenada, con un notable éxito de crítica y público en su país de origen. Este cronista, por su parte, no tenía mucha fe en la labor del director elegido (uno esperaba que hubieran vuelto a contar con el siempre despreciado McTiernan), pues el bonachón de Len Wiseman es el responsable de las dos grandísimas bobadas que son las dos partes de Underworld.

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Y así he acudido, con pocas esperanzas y todas ellas puestas en mi devoción absoluta hacia el icono que representa para mí John McClane, al cine a ver la película; y he salido de allí con un gran sabor de boca, pues la película está, a mi modo de ver, a la altura de las otras. En la sala de al lado, mira qué casualidad en un cine con dos salas, proyectaban al mismo tiempo la mediocre y mareante El ultimátum de Bourne. Esta película vale, por lo menos, diez veces más que aquella, lo prometo. Una secuencia de acción de esta sorprendente y gratificante película, como sus magníficas peleas, valen más que toda la saga Bourne junta.

Algunos quizá estaréis pensando: “ya está el pesado de Adrián llevando la contraria para hacerse el estupendo”. Pero lo digo de veras. Ésta saga tiene algo especial, que la hace diferente, con un regusto sugerente y cómplice, con muchos chistes llenos de ingenio (no todos funcionan, pero algunos son geniales), y con acción de la buena, de la que te deja pegado al asiento, brutal, chocante, dolorosa de verdad.

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McClane se enfrentará a un grupo de terroristas (poca novedad, es cierto) que armarán un follón casi apocalíptico en la costa este de Estados Unidos, sobre todo en New york, Washington y New Jersey, con ayuda de hackers y programas de alta tecnología. Él solo, en compañía de un genio de los ordenadores, intentará detenerles. La premisa es tan esquemática como en el resto de películas (salvo quizá la primera), pero eso es lo de menos. Lo demás es ver qué preparan sus responsables para que no decepcione a los que buscamos en ella un título digno Die Hard. Pero lo bueno es que lo consiguen. ¡Esto es muerte difícil de verdad! Un auténtico más difícil todavía, que en ocasiones roza la fantasía o el absurdo, o que puede que llegue a tocarlo, pero que, en un milagro de equilibrio en el filo de la navaja, se mantiene. Y eso es porque estamos dispuestos a aceptar las situaciones más milagrosas, pues su tono es de jocosa aventura, de hilarante acción.

Y es una acción que Len Wiseman consigue hacer en ocasiones muy brillante. Ninguna secuencia de acción se parece a otra salvo en lo inevitable, y las soluciones visuales llegan a ser a menudo brillantes y demencialmente creíbles. Por suerte, Wiseman se ha puesto las pilas, y ha evitado el estilo actual de 15.000 planos por segundo, llenos de movimientos, temblores, zooms y demás parafernalia. Ha desplegado una puesta en escena que yo, sinceramente, no me esperaba: paso a paso, momento a momento, construyendo secuencias llenas de tensión (¡antológica la del túnel, con todo a oscuras y coches llegando veloces en ambas direcciones!) y de verosimilitud.

Y lo mejor no está ahí, sino que la película va mejorando según avanza, a pesar de un clímax un tanto descabellado, pero lleno de emoción. Todo porque los personajes secundarios están llenos de vida, y hacía mucho que yo no veía tal cosa en cine comercial estadounidense. Tanto el jefe del FBI como el jefe de los malos, el buen villano encarnado con destreza por el casi desconocido Timothy Olyphant, acaban desquiciados y estresados. Sobre todo el villano, que resulta gozoso en su estrés con todas las jugadas que le hacen tanto McClane como su atractiva hija, interpretada por una de las actrices más destacadas en Death Proof, Mary Elizabeth Winstead. Acaba tan harto el pobre Thomas Gabriel que uno ya siente pena por él, y esto es un gran acierto. Willis, por cierto, está tan magistral, tan verdadero y tan doloroso (siempre acaba hecho papilla y siempre acaba destrozándolo todo) como esperábamos. Y McClane es mas bestia que Martin Riggs, Jason Bourne y Neo juntos. Porque la violencia que despliega es de verdad: brutal. Y eso es un arte, amigos, al alcance de muy pocos.

No se la pierdan. Se la recomiendo sinceramente. Pasarán un rato grandioso…y luego no la olvidarán.

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