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En la ciudad de Sylvia – Erotismo costumbrista

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Se ha estrenado, después de su notorio paso por el reciente Festival de Venecia, el sexto trabajo como director del documentalista Jose Luis Guerín, quien con toda probabilidad es uno de los hombres de cine más singulares y audaces del panorama español actual, y que hace 6 años triunfó en medio mundo con su fascinante En construcción. Ahora, presenta una propuesta narrativa tan radical y valiente como todas las suyas, y vuelve a salir airoso de la empresa.

En este mundo globalizado tan ruidoso, alocado y utilitarista, donde la oferta cultural y de ocio está inmersa en el hiperralismo más deshumanizador, donde el cine comienza a no poder separarse de los videojuegos, pues está perdiendo toda seña de identidad, forjada hace casi cien años por la gente que comenzó ésto, un film como En la ciudad de Sylvia se revela (pese a su lentitud, su reflexividad y su artisticidad) como un estimulante para los sentidos, que opera sobre varios niveles en la conciencia del espectador, ofreciéndole al mismo tiempo la posibilidad de ser partícipe en la creación de la historia.

Un mirón romántico, rodeado de mujeres

Él es un bohemio, que reside en un modesto motel, y que escribe y dibuja sobre las mujeres que observa en sus constantes vagabundeos por la ciudad, Estrasburgo. La mirada luminosa, inocente y curiosa de Xavier Lafitte (con esos ojos azules al mismo tiempo cándidos y ansiosos) da cuerpo a un personaje cuyo único motivo es mirar, observar, recorrer con la vista todo cuanto puede, pero sobre todo los rostros, el cabello y las formas de las mujeres. Toma notas y las dibuja con fino trazo en su cuaderno, como en la antológica secuencia muda del café, prolongada en el tiempo y rebosante de pequeños sucesos que dan vida a los personajes anónimos que allí se encuentra.

Y la ve a ella, a la que nombra de forma inmediata (sin conocer su nombre) como Sylvia. Y no puede evitar seguirla por toda la ciudad.

No hay mucho más. Este esquema de mirar y seguir, y unos pocos sucesos más, son toda la película. Guerín considera que lo más importante es bucear con sus personajes en un análisis transparente y generoso sobre lo que rodea sonora y visualmente a los personajes. Vacía el contenido que otros les otorgarían (a ellos dos y a todos los que recorren la imagen), y permite al espectador, que ahora se ve situado en el cruce de una vorágine de sensaciones, construir él mismo las piezas que faltan del puzzle, si quiere. En caso contrario puede simplemente pasear por la ciudad sin fijarse en los detalles.

Ella es Pilar López de Ayala, uno de los rostros jóvenes más importantes (por prestigio y calidad) del cine español. Su radiante presencia y su extraordinaria fotogenia se adueñan de la pantalla, subyugan al espectador en un torrente de enigmas, deseos, frustraciones y sensualidad. Apenas hace nada más que limitarse a estar, a caminar, y con esta sutil elocuencia ella y su director son capaces de dotar al personaje sin nombre (por mucho que la llame Sylvia su perseguidor) de una vida que late en cada plano.

Esfuerzo del espectador y tiralíneas del director

A menudo el plano, con el fin de hacer estallar de vida al film, dura más de lo necesario, en un estatismo contemplador. Los personajes entran y salen de cuadro. El ritmo, en un prodigio de montaje e instinto, se sostiene. Pero el espectador a menudo ha de trabajar con su mirada, y buscar en los recovecos del encuadre el objeto deseado para continuar, para comprender dónde se encuentra.

No debemos ser un espectador que, como un viandante que se fija en el suelo, sea incapaz de prestar atención. Cuando en la pantalla no hay nada más que dos personajes y el entorno que les rodea, cuando todo está contado con un ascetismo expresionista tan absoluto, cada mínimo elemento en pantalla cobra, aunque quizá no lo tenga, un significado con el que podemos construir nuestra percepción personal de la historia.

Y así ocurre también con muchos personajes a los que no se les concede una línea de diálogo. Podemos, si queremos, llenarles con nuestras propias ideas sobre su pasado y su presente, sobre su personalidad y sus pensamientos. Porque es un film abierto, que da pie a que el espectador sea partícipe de la creación del film, ya que el Efecto Kuleshov tiene aquí un sentido total: nada está al azar si el espectador no permite que así sea, y en ese caso el paseo por Estrasburgo, por los destellos eróticos de las bellas mujeres que a menudo veremos, tendrá un contenido y una moral mucho más importante.

Sólo una pega. Ante un cineasta tan superdotado y exigente cabe percibir una cierta autocomplacencia en el tono general del film, que se traduce por su total falta de aristas, la seguridad total conque filma y el sabor final, que no deja pensar otra cosa a que se podía haber hecho más, que se podía haber ido más lejos. Puede que me equivoque, también, y a que eso sea lo que los films radicales y extremadamente audaces terminan por hacernos sentir.





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