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Era el hijo de zorra más miserable que había sobre la tierra. Un asqueroso y odioso asesino sin entrañas. Nunca tenía miedo, o frío, ni le temblaba un músculo. Si querías un compañero para matar a alguien, él era el peor. Es decir…el mejor.

Un día Willliam Munny, que dinamitó un tren de pasajeros matando a mujeres y niños; que era capaz, estando borracho, de matar a su caballo a golpes, se enamoró de un ángel. Y su vida cambió. Su mujer era una señora intachable, que muchos no hubieran creído fuera capaz de casarse con un hombre tan notoriamente violento e iracundo. Esa mujer extraordinaria cambió la vida de William Munny hasta el punto de que toda la vileza y la locura, toda la violencia y la destrucción, desaparecieron para siempre. Llegó un nuevo William Munny. Un hombre completamente distinto, que había sido curado, por acto del amor, de la bebida y de la maldad.

Y en el momento en que William Munny se curó, ella se fue, tan sorpresiva y rápidamente como llegó. Y le dejó solo, a su muerte, a cargo de sus dos hijos comunes.

Y el pasado regresó, siempre hambriento del remordimiento de los hombres, y William Munny aceptó, por una vez, regresar al pasado, para poder construirse un futuro con sus hijos. Pero ya no es el mismo hombre, ya no mata a voluntad. Tan sólo hace lo que puede. Es mayor, y está acabado. Pero tiene un único talento. Un talento innato y terrible. Talento para matar por encima de todos los hombres duros que pueda conocer. Y lo utilizará para volver a empezar, asombrado de su propia destreza asesina, que sobrevive a tantos años de inactividad.

Lo paradójico es que ya no bebe. Y hubiera sido útil beber bajo la intensa tormenta que les coge, a él a Ned y a Schofield, antes de entrar en Big Whiskey y de que Little Bill le pegase una paliza de muerte, acatarrado y febril. Lo único que podía haberle ayudado es un poco de whiskey caliente, para el frío. Pero no tomó, porque le prometió a su mujer que nunca más. Y eso le impidió poder defenderse de la paliza.

Qué hermoso. Y que trágico.

(He pensado en este momento de esta obra maestra porque sólo un buen vino tinto impide ahora que, recién llegado el frescor otoñal, me debata en temblores febriles de mi gran catarro)

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