
Ésto le pasa por mentir a los chicos del F.B.I., esos adalides de la justicia y la libertad, en un interrogatorio en el que se ha probado que cuando dijo que no espiaba a Charles Roven, un productor con el que ha trabajado anteriormente, pues no era del todo sincero. De modo que un juez le ha condenado, por cometer ese delito, a cuatro meses de cárcel en una prisión federal y a pagar una multa por perjurio de 100.000 $. Casi nada. Se ha convertido, ayer, en el condenado más famoso de este tipo de infracciones legales.
Es lo que le faltaba para terminar de rematar a su declinante carrera, a uno de los directores más dotados para el género de acción (de la buena, no de la mala), que desde los estrepitosos fracasos de Rollerball y Basic no ha hecho nada, y que ahora esperaba levantarse un poco con varios proyectos. Todavía no han dicho si podrá seguir en ellos o qué es lo que pasará.
Vía - Las horas perdidas

