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Una vez más, somos testigos de cómo una película mediocre (por mucho que esté dirigida por el director de la, ciertamente, brillante The Mummy), que aunque sea una gran superproducción con unos efectos especiales carísimos y goce de la presencia del siempre convincente Hugh Jackman, jamás alza el vuelo, sino que va hundiéndose a medida que avanza por un guión equivocado, previsible, sin personajes, sin fuerza expresiva, alargada y sin inspiración, goza de una música que, por sí misma, es capaz de subsistir como obra artística y que está muy por encima de las imágenes que reviste de una presencia sonora arrolladora.

Lo que son las cosas. Nunca Alan Silvestri me había parecido un compositor de primera línea. Durante muchos años se había limitado a cumplir con trabajos más o menos eficientes. A menudo colaborando con el cada vez menos interesante Robert Zemeckis, firmando obras vibrantes como el Predator para McTiernan (¡qué percusión!), desarrollando un estilo a veces meloso, otras violento y oscuro, pero generalmente impersonal. Y hete aquí que espera a que Stephen Sommers perpetre semejante tontería de película para traernos unos coros que rivalizan con los de The two towers, y con gran parte de los scores de su año (el Oscar lo ganó el sensiblemente inferior que para Finding Neverland escribió Jan A.P. Kaczmarek), resultando una obra maestra de un barroquismo, una ostentosidad y una inspiración casi indescriptibles.

Si no me creen búsquenla y repásenla sin la película. Hay cortes que le ponen a uno los pelos de punta.