Me parece más que importante, porque para mí el cine ha sido uno de los centros de toda mi vida (no el único, tampoco), hablar sobre películas emblemáticas del sectario, amorfo, moribundo cine español, que luego para mí son un insulto, pero defendiendo mi postura con ideas, no con insultos o fanatismos, entre otras cosas porque eso es lo que hace el 80 % (con manga ancha) de la gente que escribe sobre todo en internet en torno al arte y al cine (dando mala fama a los que se lo trabajan), y yo no quiero ser como esa mayoría. Yo quiero ser diferente.

La evidencia (para mí siempre, claro, que para eso me curro este blog): Alejandro Amenábar, que para el rodaje de este film contaba nada más que 31 años, es dos cosas sin lugar a dudas. La primera: uno de los profesionales del entretenimiento más astutos de este país; esto es, es lo suficientemente listo como para enmascarar las oquedades de su trabajo con el fino engrudo de su segunda virtud. La segunda: tiene un ingenio en la realización (puesta en escena, montaje, sonorización, marcaje de actores, ambientes) que ya quisieran para sí el resto de los directores españoles vivos. Así, como suena. Sin embargo, tales virtudes, que pueden engatusar a espectadores menos avezados que yo mismo, sobre todo teniendo en cuenta el lamentable estado de la “industria” del cine español, si bien le han ayudado a convertir tres films (el decente Tesis, el mediocre Abre los ojos, la impersonal Los otros) en tres triunfos, temerariamente encumbrados, no pueden encubrir la abyecta autocomplacencia conque encara un tema tan espinoso, importante y resbaladizo como la eutanasia, que él trata imponiendo a su historia (basada, para más sonrojo mío, que no suyo, en una historia real, la tragedia de Ramón Sampedro) un tono melodramático no sólo inadecuado, sino presa del más absoluto desdén por la coherencia y, sobre todo, la integridad.
Godard: los travellings son una cuestión de moral
Lo que quizá, en el caso de que Ramón Sampedro, ni nadie semejante (es decir, con casi treinta años de tetraplejia, desde los 25, gallego, valiente, oscuro también), hubiera existido, podría haber sido un estimable melodrama dirigido con brío y sensiblidad, se convierte en la peor película española (por vergonzosa, astuta y falsaria) en mucho tiempo por el mero hecho de que se trata de una historia real. Y Amenábar, y su coguionista Mateo Gil, por mucha empatía que demuestren con los hechos, con la familia, con la historia y con las personas anexas a este drama, sencillamente no tiene la altura moral para contar esta historia. Y eso lo muestra desde el minuto uno. No es que ese hipotético melodrama, sobre la lucha por morir de un tetrapléjico parlanchín y melancólico, hubiera resultado un gran film. No hubiera pasado del típico edulcoramiento de un Jose Luis Garci. Pero luego volveremos a eso.

Salvando las distancias, hablemos por un segundo, para ayudarnos en esta exposición, del fabuloso, impecable, glorioso trabajo que el gran David Lynch hizo en la película sobre la vida del infausto Joseph Merrick. En la estremecedora (ésta sí) El hombre elefante, asistimos, sin concesiones, sin subrayados melodramáticos, sin efectismos, a la tragedia escalofriante del que muchos llaman el hombre más desgraciado de la historia. Merrick, que vivió en el siglo XIX, sufrió al parecer (no hay datos que lo aseguren al 100%) una severa variación, la más grave jamás conocida, del síndrome de proteus. Desde luego, la tragedia de Sampedro no le va a la zaga, obligado a permanecer postrado en una cama tres décadas, en un famoso caso de tetraplejia. No compararemos ambos dramas, porque sería impertinente, baste decir que sirven para la, desagradecida, comparación. Y así entendernos.
Todo lo que en Lynch es absoluta comprensión, sin politiqueos ni falsedades ni construcciones engañosas, en Amenábar es aparente (por desgracia, sólo aparente) empatía con el tema, con un mensaje siempre evidente (la pro-eutanasia), aunque intente confundirnos con secuencias mentirosas (la horrible en la que el personaje de Jose María Pou conversa con Bardem a voces), y su completa incapacidad para contar una histora sin juzgar sin cesar a todos los personajes. El mismo Ramón, para no desentonar, verá también juzgados sus actos, en un intento de lavado de cara del autor, con pésimos resultados: su personaje, admirablemente defendido por el rostro valiente de Bardem, se desdibuja a medida que avanza la película. Y, en el mejor de los casos, tenemos a un Sampedro en torno al cual lo más importante es su estado físico, muy por encima de su personalidad y sus sentimientos.
Bardem, que nunca me ha parecido el actor genial que todos ven, acaso sí un intérprete bastante completo, tiene, en realidad, muy poco que ver con Sampedro. Los ojos grandes, soñadores, vitales, de Bardem, su rostro altamente expresivo, lleno de altibajos, es el opuesto al que poseía Sampedro. Esto no hubiera importado demasiado si hubieran omitido nombres, o si el caso hubiera sucedido hace mucho tiempo. La forma de trabajar de Amenábar a algunos les parecerá brillante e ingeniosa, a mí me parece altamente torpe: coger al actor más prestigioso de su generación, caracterizar su pelo y cuerpo de forma parecido a la del infortunado pescador gallego…Pero lo que siempre es la clave en la transformación…es el interior. La anhelada metamorfosis de Bardem en Sampedro nunca sucede. Nos quedamos con una colección de trucos de actor que evidencian un trabajo superficial, aunque con empaque.

Pero esta es la historia de Ramón Sampedro, no pueden usarla como excusa para hablar de la eutanasia. Y lo malo es que hay documentos gráficos y audiovisuales del Sampedro real, que convierten el trabajo de aquél actor en un mero juego para niños. La familia sigue viva, los coayudantes del suicidio asistido siguen vivos. Todos ellos se merecían un trabajo de la más alta exigencia, en la que el artista que contase su historia lo hiciese desde unos principios morales muy coherentes. Una de dos: o se hacía un documental sobre la vida de Sampedro, totalmente alejado del film que vimos, o se montaba una ficción donde, desde luego, están de más los (eso sí) sutilísimos edulcoramientos, manipulaciones y banalidades intelectuales, así como un potente discurso visual destinado a compadecer antes que a comprender, a buscar adhesiones antes que causar reflexión.
La suma de todos estos elementos convierte al film en un esforzado intento por engatusarnos de la manera más ramplona, aunque eso sí, impecablemente bien hecha. A algunos les parece el colmo de lo políticamente incorrecto, de la profunda comprensión del alma que tiene Amenábar. ¿He demostrado, al menos un poco, con todo esto, que la responsabilidad de hacer películas es más grande que la de hacer un espectáculo con un drama? No es distinta, en ese sentido, a A beautiful mind. Al construir un espectáculo de la tragedia, por mucho respeto que se intente demostrar, el director se queda al margen de la tragedia. La elección es dejarle volar con su imaginación, pero nunca nos sentimos participantes de su estado. En todo caso, nos convierten en cómodos y privilegiados asistentes a una gran realización, preciosista y conciliadora…
Termina en
Mar adentro es abyecta: el poder manipulador del audiovisual


Cuantas veces vas a poner el la web que no te gusta la pelicula? Joder Adrián haces columnas mucho mas entretenidas y utiles que volver una y otra vez con el tema de Mar Adentro.
Hoy paso de defenderla, no porque me convencieras, que no lo has hecho, si no porque preferiria como lector habitual de extracine, ecetia y giamologia, que hablaras de alguna peli nueva, no volvieras por favor con el tema de mar adentro… (Por supuesto somos libres de escribir de nuevo sobre el tema tanto tu como yo)
Elfer, sólo intento hablar sobre cine. Y a veces sobre películas que no me gustan. ¿Tan cansino es? no lo entiendo.
Saludos!