Estoy recién llegado de mi visionado (bueno, recién no, antes de sentarme a escribir cené algo) de la adaptación que Imanol Uribe ha emprendido de la novela homónima del famoso escritor español Arturo Pérez-Reverte. Y he de avisar, para empezar, que la novela de Reverte no me parece ninguna maravilla. Mucha retórica y poco morbo. Y el guión de Uribe, por desgracia, sigue punto por punto la novela, con lo cual todos los defectos estructurales de aquella se encuentran en la película.

Por suerte, Uribe, que nunca ha sido ningún genio del cine, aplica todo su oficio en un film muy digno, quizá el mejor español que he visto en mucho tiempo, teniendo en cuenta los disparates que suelo ver. Y es que, a pesar de sus defectos, La carta esférica consigue la mayoría de sus objetivos, y Uribe, sin querer impresionar ni alardear desde la silla del director, se limita a contar una historia, simple y llanamente (como si fuera simple y llano contar una historia…en fin), prestando atención a los personajes y a los detalles, con un ritmo sosegado, sin prisas, pero sin aburrir tampoco.
Supongo que muchos analistas de otros blogs no prestarán atención a este detalle, pero a mí me parece capital: los actores están bastante decentes en sus respectivos roles, y aunque ninguno de ellos hace un trabajo en verdad excepcional, cumplen con efjcacia, a pesar de que, en mi opinión, Aitana Sánchez-Gijón, que aquí intenta una creación de una de esas míticas femme fatales de los filmes negros, de vez en cuando se olvida de que esta es una interpretación para cine y no para teatro (la bella actriz ha trabajado sobre todo, en los últimos años en el segundo medio nombrado).
Pero aunque, como digo, en ocasiones se olvida de esto y su personaje se hace demasiado evidente, su presencia es todo lo arrolladora que se puede esperar de una actriz brillante que, a sus 39 años, se conserva tan estupendamente como si tuviera 29, y que a su elegancia, sensualidad y experiencia añade cierta oscuridad necesaria a su personaje, aunque quizá se echara en falta un poco más. A su lado, Carmelo Gómez clava al personaje central de la novela, el marino Ismael Coy, quizá uno de los castings más acertados en todo el año de cine español (y seguro que por eso pasan de él en los Goya), y transmite toda la nobleza, ingenuidad y dignidad del personaje de la novela.
Supongo que muchos contaminados de la feroz invasión neuronal del cine americano pasarán mucho de la película, o si la ven sonreirán con socarronería, sintiéndose por encima de ella. Pero créanme cuando les digo que se trata de una aventura muy por encima de la media (ya sé que tampoco es decir mucho, pero algo es) y de que está hecha con cariño, amor por el cine y el mar, y sobriedad. Mucha sobriedad que ayuda a hacerla creíble desde el primer minuto.
Y eso sí que es decir mucho.

