En absoluta plenitud, Ford prosigue con los años 40, en los que nos daría un buen puñado de obras maestras. Después de una maravilla, They were expendable, nos trae otra, My darling Clementine, titulado en España Pasión de los fuertes…

Regreso al western después de 7 años, nada menos, alejado de él, My darling Clementine fue la prueba de que Ford estaba lejos de cansarse del género que le hizo famoso y rico, aunque no fuera tan frecuente en él como, precisamente, a partir de este año, 1946.
Ésta mítica, quizá la mejor, versión sobre el famoso tiroteo en el O.K Corral entre los hermanos Earp (ayudados por Doc Holliday) y los Clanton, está filmada con la serenidad, la narración plausible y el lirismo sin complejos habituales en Ford, pero están ausentes, casi totalmente, su comicidad y su humor. Es posible que, aunque Ford estuviera más que dispuesto a filmar hermosos westerns como antes, todavía no dispusiera de la energía para pensar en el humor en sus films, después de la guerra.
Es como si la anterior, de la que hablábamos ayer, y ésta, estuvieran impregnadas de una feroz melancolía, de la que se desprendería un poco en Fort Apache, dos años después. Un poco bastante, con su jocosa reconstrucción de la rutina de la vida en el ejército, quizá para matar fantasmas.
Henry Fonda es la elección perfecta para Wyatt. Siendo como era la personificación absoluta del americano medio, noble y caballeroso, su caracterización carece de fisuras, si bien no está exenta de un tormento interior tremendamente interesante. Víctor Mature, que encarna a Holliday, le da la réplica sin problemas.
Una obra maestra de esas que ya pocas veces se hacen.
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