Hablábamos ayer sobre la película que Ford estrena el 7 de marzo de 1941. El 1 de septiembre de ese mismo año estrena la que va a ser su última obra antes de su labor en la 2ª Guerra Mundial. Otro melodrama costumbrista. Pero en esta ocasión va a ir más allá, mucho más, que en Tobacco Road. Va a filmar una de sus películas más personales, que podría formar, junto a The grapes of wrath y The quiet man (las tres son Oscar al mejor director, junto con el cuarto, The informer (1935)) una trilogía de dramas.
Una trilogía de excepcionales obras maestras también, que no son westerns, y que vienen a confirmar que Ford no es sólo un gran director de aventuras, sino un gran director de lo que dirigiese.

En esta ocasión filma, con un pudor sobrecogedor, con un lirismo absoluto y sin complejos, la trágica a menudo, tierna a veces, historia de la familia minera galesa de los Morgan. De nuevo un estudio de una docena de personajes y una trama minera y social que no es sino otra excusa para representar una época, una atmósfera y un lugar.
Quienes, con una temeridad digna de mejor causa, afirman que Ford es un director frío o simple en la caracterización de los personajes, o no han visto esta maravilla, o la han visto mal. How green was my valley provoca en el espectador (en el bueno, en el que no tiene prejuicios, ni prisas, y sabe ver) una conmoción profunda y un recuerdo imborrable.
Recomiendo encarecidamente que se la hagan ver a los más pequeños en casa, en época navideña si es posible, pues se sentirán sobrecogidos e identificados con la historia del pequeño de la familia, interpretado magistralmente por el joven Roddy McDowall. Este film le arrebató, en justicia, el Oscar a la mejor película y a la mejor fotografía y a la mejor dirección artística al famoso Citizen Kane.
