Middletown, Connecticut, otoño de 1973.
Manifiesto extraído de una charla a los alumnos de la Wesleyan University.
En perspectiva, fui suficientemente afortunado de haber dirigido las obras de los mejores dramaturgos de un par de las décadas que se han convertido actualmente en historia. Fui privilegiado de servir a Williams, a Miller, a William Inge, a Archibald MacLeish, a Samuel Behrman y a Robert Anderson y poner algunas de sus mejores obras en escena. Veo mi papel junto a estos hombres como el de un artesano que trató de realizar tan bien como le fue posible las intenciones del autor en el vocabulario del autor y dentro de su alcance, estilo y propósitos.
No he pensado de esa manera acerca de mi trabajo cinematográfico.

Algunos de ustedes han de haber oído acerca de la teoría del cine de autor. Ese concepto es en parte un juguete de los críticos. Algo por lo cual pelearse y utilizarlo para llenar una columna. Pero algo hay de eso, y ese algo es simplemente que el director es el verdadero autor de la película. El director cuenta la película utilizando un vocabulario cuya parte más pequeña está constituida por un ordenamiento de las palabras.
El valor de un guión se debe medir menos por su lenguaje que por su arquitectura y por cómo ésta dramatiza el tema. Un guión, los directores lo aprendemos pronto, no es tanto una obra escrita, como una construcción. Aprendemos a buscar a tientas el esqueleto bajo la piel de las palabras.
Meyerhold, el gran director de escena ruso, decía que las palabras eran el decorado en las faldas de la acción. El estaba hablando de teatro, pero siempre he pensado que sus observaciones pueden aplicarse más adecuadamente al cine.
Se me ocurrió, al considerar lo que tenia que decir aquí, que puesto que todos ustedes no ven directores —es raro para la Universidad Wesleyan el tener a un director en donde estoy, luego de una muestra de su trabajo, mientras tienen viviendo entre ustedes novelistas, historiadores, poetas y autores dedicados a diversos tipos de estudio—, que sería chistoso que yo tratase de listar para ustedes y mi propia diversión qué es aquello que necesita saber un director de cine en cuanto a aquellas características y atributos personales cuya posesión podría serle ventajosa.
¿Cómo debe educarse?
¿De qué habilidades está hecho su oficio?
Obviamente estoy hablando de un tema que requeriría de todo un libro para ser tratado. No se inquieten, no voy a leerles un libro esta noche. Meramente trataré de hacer una lista de los campos de conocimiento que le son necesarios al director, y después, de aquellas cualidades personales que sería bueno que tuviese, dichos a ustedes como encabezamientos de capítulos o secciones, como primeras frases de un párrafo: sin elaboración.
Empecemos.
La literatura. Desde luego. Todos los periodos, en todas las lenguas, todas las formas. Naturalmente, un director de cine está mejor equipado si es una persona bien leída. John Ford, quien se representaba a sí mismo con las palabros “Yo hago westerns” era un hombre extremadamente bien leído y en una enorme variedad de temas.
La literatura dramática. En primer lugar porque así el director de cine apreciará las diferencias entre éste y el teatro. Deberá estudiar también la literatura dramática clásica para aprender la construcción, la exposición del tema, los medios de caracterización de los personajes, la poesía dramática, los elementos de la unidad, especialmente la unidad creada al ir apuntando hacia un climax, y después del climax como la personificación esencial y final del tema.







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