Después de la segunda película de la trilogía de la caballería de Argosy, hoy tocaba la tercera, Rio Grande, pero es una película que he visto en una sola ocasión, y hace ya muchos años, de modo que no me encuentro en condiciones para hablar de ella con garantías. Me consta que mucha gente no actuaría de la misma manera que yo y se pondría a hablar de lo que no conoce o conoce poco y mal, pero yo no.
Tengo muy buen recuerdo de ella y, de lo que yo llamaría el Ford esencial, que es precisamente lo que estoy dando día a día en Extracine, seguro que está dentro de él. Pero no tengo un recuerdo tan nítido como para explicar de primera mano, y no por reseñas de segunda, lo que significa para mí. De modo que, sin ningún complejo, pasamos a la siguiente, que es la última de la que vamos a hablar, a pesar de que a Ford aún le quedaban casi dos décadas de carrera.

La razón por la que vamos a hacer un alto en el camino es la siguiente: The quiet man, una de las incontestables obras maestras de Ford, su último Óscar como mejor director (cuando los Óscars todavía significaban algo), significa el fin de una era en la vida del director. Para la crítica de entonces supuso el canto de cisne del talento de Ford, y toda su producción posterior estuvo marcada por la decadencia senil más absoluta.
Por supuesto, todo aquel que conozca mínimamente la carrera del maestro sabe que esto no es cierto. Aún quedaban grandísimas películas en el camino. Una de ellas, The searchers, posiblemente la mejor que filmara nunca. Pero una cosa sí se advierte. Las 18 últimas películas que dirigiría entre The quiet man y el final de su vida están marcadas por un cambio, quizá sutil, pero verdadero.
El cambio, en mi opinión, es el siguiente: Ford, que siempre, hasta el final, fue testigo de su tiempo, que vivió y, aunque era muy crítico con ella, admiró la forma de vida americana, percibió, tras la Segunda Guerra Mundial, la deriva moral y social de su país, y su arte se impregnó totalmente de ello. Es decir, el anticomunismo, el Maccarthismo, la inminente llegada de la contracultura hippie, su posición cada vez más cuestionada como dinosaurio cinematográfico, iban a empezar a sentirse en su obra no con más melancolía o más oscuridad, aspectos siempre presentes y mucho más después de la guerra.
Rio Grande iba a ser el último western que él rodara a su antigua manera. El siguiente, sintomáticamente The searchers, sería ya muy distinto. No ya absolutamente inesperado, sino totalmente fuera de toda norma. Y así sería toda su producción después de la maravillosa, lírica e idílica The quiet man.
No sé si es la mejor, o no. Probablemente no lo sea, aunque conozco a gente a la que le parece que sí, pero mientras se ve The quiet man, y muchas veces cuando se la recuerda, parece la mejor película que uno ha visto jamás.
Muy recordada la escena del beso nocturno sin diálogos, lo cierto es que todo el film es un continuo asombro de humanidad, cultura, buen gusto, pericia narrativa…y sobre todo emoción. Emoción incontenida, sin complejos, sin límites, en una historia sencilla que es de todo menos simple. Nunca el cine contó tanto con tan poco.
Lágrimas, muchas risas, un entorno fascinante y dionisíaco, unos personajes inolvidables…¿qué más se le puede pedir al cine?

