Supongo que a muchos les parecerá trivial, pero el hecho de que Ford sea capaz de dirigir, tras un (mini)fallo, su mejor película hasta la fecha el año siguiente, amén de una segunda (un remake de un film suyo anterior), a mí me parece excepcional.

El 9 de marzo de 1948 se estrena en los USA la más grande obra maestra dirigida por Ford hasta entonces. Fort Apache es un grandioso western, en el que dirige por última vez al legendario actor Henry Fonda (por lo visto acabaron a puñetazos, sin exagerar), y por cuarta a John Wayne. Pero hay muchos más actores que están que se salen: Shirley Temple, Pedro Armendáriz, el habitual Ward Bond, George O’Brien, Víctor McLaglen…
Majestuoso blanco y negro, dirigido por Archie Stout (quien ganó un premio en el Festival de Locarno por su trabajo, mientras que Ford lo ganó a mejor director), en un melodrama histórico situado en el marco imcomparable de Monument Valley.
Ésta versión de la matanza de Little Big Horn, aunque nunca se digan nombres ni lugares parece claro que Fonda es un Custer modificado, está producida por la compañía de Ford Argosy, al igual que otras dos de caballería: She wore a yellow ribbon y Rio Grande. Las tres conforman la llamada trilogía de la caballería de Ford. Pero quizá sería más justo hablar de una sexalogía (aunque las últimas tres no las dirigiera él), pues más adelante filmaría Sgt. Rutledge, The horse soldiers y Cheyenne autumn.
Pero quizá la más grande película de caballería sea ésta, donde Ford rueda también, y también quizá, nunca se sabe, su mejor escena de batalla. Y no tanto por la ejecución de la batalla en sí, aunque también, como por su visualización. No destripo nada al que no la haya visto (y debería verla) pero nunca he visto, ni siquiera con las técnicas actuales, algo siquiera parecido a esa perturbadora niebla que se posa y se levanta al final.
Ese mismo año, como decía, también estrenó 3 godfathers, también con Pedro Armendáriz, con John Wayne y con Harry Carey Jr. Una película inferior seguramente a Fort Apache pero estupenda, y que, curiosamente, nunca me canso de ver.

