Acabo de salir - ahora mismo, lo prometo - de la cercana sala que proyecta la última película que ha dirigido (o algo así) Robert Rodríguez, perteneciente, como todos sabemos, al díptico que compone Grindhouse. El experimento se ha saldado con escasa taquilla. Viéndolo (al menos viendo la primera mitad) me parece que ha ido más gente a verla de lo que se merece. No creo que nadie tuviera ganas, en EEUU, de esperar a ver la de Tarantino.

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Yo esperaba lo que la película prometía: acción, vísceras, caña, tensión, atmósfera irrespirable…sí, también mucha ironía respecto a las sesiones Grindhouse. Pero, además de que no obtenemos nada de todo eso, nos dan un aburrimiento soporífero en una película que se podía haber contado perfectamente en 30 o 45 minutos. Antes de la proyección pusieron el ya famoso fake trailer de Machete. Hay más diversión en esos 3 minutos escasos que en la película que íbamos a ver.

Que Robert Rodríguez se dedique a otra cosa

El director mexicano ilumina, filma, escribe, hace la música, monta el film y supervisa sus efectos especiales. Es decir, lo hace todo menos interpretar. Y lo que logra es un sub-producto digno de un analfabeto de seis años. Y no es un sub-producto porque haya zombies y sangre y chistes y tías buenas en mini-falda. Si todo eso está mientras te cuentan una buena historia bien contada, pues te lo pasas en grande. Pero Rodríguez es incapaz, simplemente.

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La historia pone sobre la mesa a media docena larga de personajes: una bailarina go-go insatisfecha con su vida (Rose McGowan), su ex-novio misterioso y valiente (Freddy Rodríguez), una doctora que quiere abandonar a su marido doctor (Josh Brolin), el padre de ella (el sheriff que ya apareció en From dusk till dawn y Kill Bill, siempre interpretado por el gran actor Michael Parks), otro sheriff (Michael Biehn), su hermano cocinero de salsas texanas (Jeff Fahey), un bioquímico (Naveen Andrews), un oficial militar con problemas cutáneos (Bruce Willis), y algunos más…

A un comienzo bastante soso le sigue un primer acto (por llamarlo de alguna manera) en el que las subtramas personales de cada uno de los personajes nombrados más arriba se establecen y se cruzan entre sí. Y ya por entonces uno tiene la sensación de que se ha equivocado de sala, de que el cine anda en otra parte. La torpeza, la confusión, el lío está servido. Ya sólo con ésto, Rodríguez demuestra que no está a la altura.

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Pero enseguida el baño de sangre se adueña de la pantalla, y entonces lo que se (pre)supone que se le da mejor a Rodríguez, la acción, la tensión y esas zarandajas sin importancia, no aparecen ni siquiera por azar. Rodríguez rueda todas las secuencias igual. Da lo mismo que se trate de una conversación, de un revolcón o de una masacre. Todo es un caos de planos aparentemente bien montados (digo aparentemente, porque montar bien es algo más que pegar planos con arrojo) y de confusión.

Los grandes maestros del cine de acción (por ejemplo el propio Tarantino en Kill Bill) demuestran, una vez más, que el cine de acción, de horror y de violencia es auténtico, verdadero, arte. Lo que significa que hay que ser un artista, aunque sea un artista malo, maldito y olvidado, para poder hacerlo. Y Rodríguez está claro que no es uno de ellos. Y esto vale para casi cualquier película dirigida (es un decir, una vez más) por este impersonal y soso director. From dusk till dawn y The faculty estaban bastante bien, dentro de su esquematismo, entre otras cosas porque los guiones eran de Tarantino y Kevin Williamson respectivamente. Tal cosa no sucede aquí, como queda claro desde el primer momento

Lo que él hace, lo que despliega, lo que expone, es lo que haría un chaval preuniversitario mononeuronal acomplejado alocado cualquiera. Una chiquillada, una bobada, una gracieta sin ritmo, sin atmósfera y sin nada de nada. Sorprende que Tarantino, que bajo mi punto de vista es uno de los hombres de cine esenciales de ahora mismo, se permita intervenir de cuando en cuando en estupideces como ésta.

Tengo muchas esperanzas en Death proof. Superará a esta, no sólo porque es tremendamente fácil, sino porque sé que Tarantino es mucho más, le pese a quien le pese, que un simple copista. Siempre intenta aportar algo, cosa que no puede hacer el indigente intelectual de Rodríguez, del que no pienso ir a ver (lo prometo, ya me ha tomado el pelo demasiadas veces) ni una sola película más.

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Tarantino, que aunque sea amigo de Rodríguez y se engañe a sí mismo lo sabe, es capaz de construir secuencias. Es capaz, no como su imitador oficial Rodríguez (y encantado está el genio de Tenesse de que su imitador y seguidor número uno sea su brother del alma), de establecer espacios escénicos, de seguir un punto de vista. Tarantino es un superdotado, que si quiere define con alta precisión espacios escénicos, no como su amigo que nos marea a todos con sus planos rapidísimos y fenomenales, pero que nos sacan siempre del film.

Sin city es un espejismo, codirigido por el propio Frank Miller, y al que habría que conceder el mérito de sus bondades, sobre todo porque todos los planos están basados en su cómic. Rodríguez, como él mismo afirmó, se encargó de todo el aparato técnico y tecnológico más que otra cosa. Es decir, en llevar la cámara, en montar, en hacer la foto, etc. No es mal técnico, pero si quiere dirigir actores, escribir secuencias, establecer atmósferas, crear tensión…es un completo inútil, y Planet Terror es la constatación absoluta de ello.

No vayan a verla. Es un desperdicio de dinero y de tiempo.

Lo mejor: la estimulante presencia de Freddy (Six feet under) Rodríguez, con unas miradas y unas frases realmente bestiales; y de Naveen (Lost) Andrews. Es poco probable, con todos sus guiños intertextuales, que Tarantino y Rodríguez sepan que han unido en el mismo plano a dos actores que han trabajado por separado en las dos mejores series que se han hecho en la historia.

Lo peor: Todo lo demás. Todo, todo, todo, todo. Con especial mención a la escena de sexo, que es la mayor mamarrachada que he visto en lo que va de año…y en algunos años más.