Podemos comenzar la andadura por la carrera del maestro por la que la crítica consideró, y muy justamente a mi parecer, su más grandiosa película muda. A los 29 años, en 1924, Ford filmó el que podría ser el gran western de la década, justo 10 años después de El nacimiento de una nación, de su maestro Griffith.
Se trata de una gran superproducción de la época, pero narrada de forma bastante diferente a lo que era habitual en la Fox, que era la que ponía el dinero. Se advierte una gran cercanía a la muy influenciable puesta en escena de Griffith, en cuanto a los movimientos de los actores, y a su ritmo interno dentro del plano. Pero hay algo especial en ella.
Mientras nos cuenta las vicisitudes de un grupo de hombres que operan el ferrocarril y que construyen las vías, abriéndose paso hacia el oeste de las montañas rocosas, tenemos una serie de secuencias directamente documentales, centradas más en el constumbrismo, la descripción de tipos y lugares y personajes famosos de la época, que en la mera exposición de acontecimientos dramáticos.
Es como si a Ford le importunara contar una historia típica, y se adentrase en una forma de vida, primorosamente reconstruida. Es un film muy largo para la época (más de dos horas), y en ella cabe, casi, de todo. Como si fuera la última película de Ford, tenemos romance, aventura, historia, comedia, drama. Y ahí está el germen de futuros temas y elementos tan propios del director.
Ya había rodado films importantes, como The outcasts of poker flat, Desperate Trails o The village Blacksmith, pero nada hacía anticipar algo de esta magnitud narrativa.
Sobre un complejo guión de Charles Kenyon, repleto de personajes nada tópicos, Ford despliega una sabiduría visual sorprendente. Los grandes planos generales, casi estáticos, son percibidos como si estuvieran dotados de gran dinamismo. Ford le gana la partida a Griffith, no necesita mover casi la cámara (aunque en ocasiones la mueve de lo lindo, recordemos los barridos laterales en seguimiento de los protagonitas, marca de Ford, que usaría toda su carrera) para dar sensación de vigorosidad, de aventura infinita. Encuadres grandiosos, que recogen mil detalles, en comparación con los primeros planos de Griffith (que también tenía planos enormes, por supuesto, pero no eran tan cinematográficos como los de Ford, más teatrales).
Aunque no se la recuerda tanto como otras mudas (Metrópolis, Amanecer, El acorazo Potemkin), está a la altura de ellas, y aunque no figura en los créditos, podemos decir que este es el cum laude definitivo de Ford, y la cumbre de su cine hasta el momento.






Me recordo al gordo y al flaco
buenisima
esperemos que esta cinta sea muy buena ;)
saludos Virtuales