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En 1940, Ford conseguía su segundo oscar como director por uno de los melodramas más terribles que ha dado la pantalla. La adaptación de la novela homónima de John Steinbeck daba lo prometido: dos horas largas e intensas sobre las penurias de una familia en busca de un lugar donde vivir.

Es dífícil, en un blog y sin más compañía que mis teclas, describir la desesperanza, la desolación, el pesimismo de unas imágenes fantasmagóricas, líricas y, a pesar de todo, contenidas. Es difícil hablar de la impresión que causa el trabajo fenomenal de Henry Fonda, quien en ningún momento interpreta, y de la honda verdad que se extrae de una historia humana y desgarradora.

Poco tiempo antes de marcharse con el ejército para ayudar en la Segunda Guerra Mundial rodando documentales, Ford entra en la completa madurez y perfección de sus herramientas estilísticas, filmando una de sus obras maestras más importanes, y continuando en la búsqueda de una obra de arte perfecta. Aquí nada parece limitarle, y no hay concesiones.

A destacar la extraordinaria Jane Darwell, que casi le roba la pantalla a Fonda, papel con el que logró el Oscar al mejor papel de reparto.