John Grisham’s The rainmaker (siguiendo la línea de titular las películas con el nombre del autor de la novela…Bram Stoker’s Dracula) tiene varias particularidades que hacen de él un film especial:
Es el primer film dirigido por Coppola en el que él es el guionista (y en solitario) en siete años.
Es el último film de Coppola estrenado hasta la fecha. Este año, tras 10 de silencio, vuelve con Youth without youth.
No es precisamente un film prestigioso en la, supuestamente, declinante carrera de su director.
Destaca por algunas cualidades poco apreciables en la carrera de su director que a continuación detallaremos.

Esta es una película que a los abogados, o aspirantes a abogados, les chiflará. También es un film cuyo tema principal no es el poder, como en la mayor parte de la carrera de su director, sino la dignidad. Por supuesto tenemos un estudio sobre las esferas de poder dentro de los clanes de abogados de Memphis, sobre las clases de jueces, los alumnos en las universidades de derecho…Pero sobre todo es una lucha por una libertad personal basada en la dignidad.
Un estupendo Matt Damon encarna a la perfección a un cruzado, Rudy Baylor, recién colegiado en derecho, que ha de hacerse cargo, por circunstancias ajenas a su interés, de un importante caso de estafa por parte de una todopoderosa compañía de seguros. En este feroz litigar en que se convierte el juicio, que es algo así como David contra Goliath, Rudy Baylor se encontrará solo frente a varios abogados expertos y despiadados. Al mismo tiempo, se involucrará sentimentalmente en un caso de violencia doméstica (del que es víctima Kelly Riker, interpretada por la bella Claire Danes).
Este cruzado es de una nobleza inigualable, y en su quijotesca hazaña, ayudado por el sanchopanzesco Deck Shifflet (un a veces cómico, pero siempre efectivo Danny DeVito), se enfrentará al villano Leo Drummond (al que da vida un fantástico Jon Voight, quien crea a un abogado defensor con menos escrúpulos imposible…) y a sus cohortes. Algo que viene a ser una especie de metáfora sobre la lucha de Coppola con los grandes estudios y sus tiburones…
Es apasionante cómo se va desarrollando el caso, lentamente, contándote una historia de personas que parecen reales, sin golpes de efecto fuera de lugar, con amor por unos dramas humanos realmente importantes. Hacía mucho, quizá desde Tucker, que Coppola no se compadecía tanto de unos personajes tan patéticos la mayoría, y muy imperfectos (sin grandes virtudes) en su totalidad.
Coppola narra con una puesta en escena absolutamente majestuosa, de perfección y sencillez tan abrumadoras como sólo un viejo maestro del oficio es capaz. Y con gran humildad, algo a lo que no es excesivamente proclive el veterano ganador de cinco Oscars. Y con una mirada no de hombre muy maduro, sino de director joven, contando la historia como si tuviera 30 años a lo sumo. Es decir, una obra que parece dirigida por un chaval.
The rainmaker nunca pertenecerá al racimo de las obras maestras de su director, no le hace falta. Seguramente palidece, por supuesto, al lado de The godfather, Apocalypse, The conversation y otras. Aún así es una bella historia, donde a Coppola no le importa ser absolutamente vehemente respecto al abuso de las grandes compañías sobre los proletarios, no le importa ser poco sutil al pintar de villanos absolutos a los villanos y de héroes absolutos a los héroes.
The rainmaker es un nuevo comienzo, rebosante de frescor, humanidad, compasión y romanticismo. Un Coppola optimista (pese a la crudeza) y humorístico (pese al melodrama). Tiene el director los ojos duros, amargos y doloridos; pero la mirada limpia, serena y generosa.







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