
La tercera parte de las aventuras pirateriles ya ha desembarcado (nunca mejor dicho) y ha cosechado, por igual, afluencia de público entregado (y no tan entregado, hay otro dispuesto a confirmar que era innecesaria tantas partes) y rechazo de la crítica más…ejem…sesuda. Todo muy esperable, ciertamente. El que esto suscribe cree, la verdad, que esta saga es bastante más densa de lo que pueda parecer a priori y que muchos críticos se equivocan al esperar un material que nadie les ha prometido.
A los que les ha gustado el resto de películas de la saga (la primera la más sólida, la segunda mucho más alocada) les gustará también mucho esta tercera parte. Por el contrario, los que no le ven maldita la gracia a las otras, que ahorren su tiempo y su dinero: esto es más de lo mismo, pero mucho más alocado. At world’s end es otro torbellino de imágenes barrocas e imaginería hipertextual, desenfadada, llena de humor negro y absolutamente sin ningún complejo, lo que a muchos no acaba de convencerles.
Absurdo de gran guiñol grotesco

A mi modo de ver, se equivocan los que buscan en At world’s end (y en el resto de barbaridades caribeñas, todo sea dicho) otra cosa que no sea el estilo Pirates of the Caribbean. Es decir, es completamente coherente consigo misma, no engaña a nadie. Lo que más admirable me parece de ella es que, dentro de un barroquismo guiñolesco acentuadísimo, sea capaz de revolucionarse y, sin cambiar de tono, pueda lanzar a una aventura casi ilimitada al espectador. Es cierto que en ocasiones (no pocas) pierde pie y le cuesta remontar el vuelo, pero cuando lo hace…¡cómo lo hace! Es decir, para no liarnos, que establece un tono de humor completamente absurdo pero se toma en serio a sí misma, por difícil que parezca la pirueta.
El que no debe tomarla en serio es el espectador. O lo justo. El film es una gran comedia absurda, donde todo, o casi todo, debe ser posible. Donde la contención narrativa está fuera de lugar y lo más necesario es salirse de madre. Creo que el motivo porque el que muchos espectadores salen echando pestes es porque llega un punto en que la locura estética es tal, que hay que restregarse los ojos, pero el ingenio es tal también, que hay que volver a restregárselos porque se han mantenido en pie. La trama es como un payaso borracho que efectúa las volteretas más inverosímiles y arriesgadas, hasta que la certeza es el trompazo irreparable, pero compruebas que no, que apenas se ha resbalado…y que te ha divertido mucho la hazaña.

Pirates of the caribbean es, al cine de piratas, lo que Star Wars a la Space Opera. Y es asombroso cómo se parece de estructura esta tercera parte a El retorno del jedi, con Sparrow como Han, Elizabeth como Leia y Will Turner como Luke. Ambas comparten también un combate final apoteósico, aunque en el caso de la película que nos ocupa, algo alargado, donde hay espacio para todo, sobre todo, una vez más y valga la redundancia, un absurdo absolutamente gozoso para el que sepa disfrutar de él.
Establece, le pese a quien le pese, una mitología fantastique de la mística pirateril muy densa, compleja, cerrada en sí misma. Como un mundo con sus leyes y sus códigos (una vez más, parecido a Star Wars). Auténtica mitología para el siglo XXI, con sus espacios abiertos y su belleza de localizaciones (ahora que sabemos que nos hemos cargado el planeta indefectiblemente…es casi una ópera de nostalghia), muy bien fotografiados, como el resto de la saga.
En otro orden de cosas, Keira Knightley comienza a ser una mujer bastante atractiva por fin, Johnny Depp sigue en la misma onda barroca y guiñolesca y Orlando Bloom amenaza con quitarle el trono a Keanu Reeves como el peor actor de EEUU…







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