En la historia del cine hay una familia. Sólo una. El resto carece de importancia. Es una familia con un pasado remoto y que en pleno siglo XX se estableció en EEUU para desarrollar una serie de negocios, muchos de ellos fraudulentos. Son los Corleone, y su vida se puede seguir en la saga de El padrino, del maestro de maestros Francis Ford Coppola.

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En la historia de la televisión hay una familia. Sólo una. El resto carece de importancia. Es una familia con un pasado remoto y que en pleno siglo XX, en la tercera generación, establece en EEUU un negocio, éste totalmente legal, de funeraria. Son los Fisher, y su vida se puede seguir en una serie, ya finalizada, titulada Six feet under, creada por el gran Alan Ball.

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Ambas ilustres familias (ilustres no sólo porque son las dueñas de dos de las obras de arte más importantes de finales del siglo XX y principios del XXI, respectivamente, también por sus personajes) tienen algo que ver con la muerte.

Y algo que ver con mujeres excepcionales: Kay Adams por un lado y Brenda Chenowitz por otro. Ambas ajenas a esas familias pero que se comprometerán, y serán el contrapunto moral, a los destinados a dirigir sendos negocios, aunque en un principio nadie pensó que fueran ellos. Ambas mujeres inteligentes, independientes, y que responderán como sus maridos no esperan, cada una a su estilo.

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Y tanto Nate Fisher como Michael Corleone, que dirigen y son el alma de sus negocios sin poder evitarlo, porque sus difuntos padres les empujan a ello desde la tumba, tienen hermanos muy distintos a ellos, con los que pugnan de forma incosciente, por llevar la familia a mejores y más seguros terrenos. El viril Santino, y el también viril pero homosexual David.

Todo esto viene para asegurar, desde aquí, desde esta página, que Six feet under es a la televisión (¿tele? está hecha en celuloide y magníficamente fotografiada, luego no me parece sólo “tele”) lo que The Godfather al cine. Ambas podrían ser, ¿por qué no?, la saga familiar y la obra estética más importante de sus respectivos medios.

Fisher’s, con su funeraria, y los Corleone, con el hampa italiana, son ya Historia De’ll Art con mayúsculas.