
El tiempo es el tema más importante, no sólo de este film, sino de toda la carrera de Francis Ford Coppola como artista y, probablemente, el tema filosófico que más le interesa a él íntimamente. No tiene sentido ahora enumerar punto por punto todos los detalles de sus películas (sin contar Peggy Sue, que es un viaje en el tiempo en sí misma), más que nada porque vamos a centrarnos en una en concreto y porque con ver parcialmente su filmografía esto es fácilmente demostrable.
Pero más allá de sus films en los que el tiempo es un tema evidente (no sólo Peggy Sue, también Jack, que es una fábula sobre el inexorable paso del tiempo, o Rumble fish, con sus repetidas referencias a relojes gigantes e indiferentes), es en Drácula donde hay un tratamiento al tema mucho más apasionado, desesperado, doloroso. En realidad más parece que el conde se ha convertido en vampiro no tanto por vender su alma al diablo como para tener todo el tiempo del mundo que dedicar a la búsqueda de algo o alguien que le cure su corazón destrozado.

En ese sentido el castillo de Drácula es lo que Van Helsing llama, muy apropiadamente, el fin del mundo (o el fin del camino, o el fin del río, como el palacio de Kurtz en Apocalypse now), esto es: un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, a donde quizá no llegue el ruido del mundo civilizado, y uno pueda revolcarse en las tragedias del pasado. Es decir, como le ocurre a Kurtz, el lugar, el castillo, es un rasgo más de su vida, no un mero decorado de terror y misterio, sino una construcción emocional, espiritual incluso, que se impregna hasta el último rincón de los pensamientos, los sentimientos y la personalidad de su morador.
Parece ser que Mina es en verdad un avatar de Elizabetha, su amada que se suicidó creyéndole muerto (referencia explícita al Romeo y Julieta shakesperiano), ya que no sólo su parecido es asombroso, sino que en varias ocasiones afirma conocer al príncipe y conocer Transilvania (en el restaurante la describe con gran precisión). El enamoramiento, a pesar de sus sentimientos por su prometido y su total desconocimiento de un príncipe extranjero, es casi automático, y el príncipe, en el museo de arte moderno - he cruzado océanos de tiempo para encontrarte - (donde no la muerde en el último instante) la hipnotiza y en el restaurante, repetidas veces en teoría, la somete a nuevas hipnosis ayudado por la absenta.


Es un intento de triunfar sobre el tiempo. Así podría subtitularse este film apasionante. Como en Vértigo (Hitchcock, 1959), donde Scottie intenta desesperadamente triunfar sobre el pasado al obligar a su nueva novia a vestirse como su amada muerta, Drácula encuentra a su amor perdido e intenta recuperar el pasado perdido, sin saber que eso es imposible. Sin embargo lo conseguirá en parte. En el último momento, cuando vuelve a Transilvania para reponer fuerzas (la única desventaja de los voivodas, tienen que recuperarse en su tierra natal), es vencido in-extremis y, moribundo, esperará el golpe de gracia de Mina/Elizabetha en el mismo sitio en que la vio muerta a ella 400 años antes, el mismo lugar donde se despidieron antes de que ella se suicidase.
Si nos fijamos bien, vemos que el peinado de Winona Ryder es distinto en el momento final al que llevaba cuando estaba con Van Helsing fuera del castillo. ¡Esta peinada igual que Elizabetha! Y todo está bañado con la misma luz.


Continúa en Bram Stoker’s Dracula - Análisis: Arte.






Pues sí es el tema del tiempo lo que más apasiona de esta novela, en especial porque es el tiempo como bien dijiste dedicado a buscar a un amor, no importa cuales son los medios solo importa hallarlo….