Hace algunos días hablábamos de Ridley Scott y su más que cuestionable carrera (nadie cuestiona su talento, sí muchas de sus películas) y hoy podemos hablar un poco del que yo considero el antecesor de Scott. Otro director muy visual - muchas veces sólo visual - y tremendamente irregular, que gozó de un prestigio impresionante en vida.

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Comparte con Scott un servilismo absoluto a la fotografía, una pasión exacerbada en la creación de ambientes, y un modo aséptico, desapasionado de narrar la mayoría de las veces. No creo que Scott, sin embargo, esté a la altura de Kubrick, por mucho que sea su influencia más palpable. Pienso que Kubrick, con sus defectos, tenía mucha más personalidad que Scott y que, al instalarse definitivamente en Inglaterra, pudo desarrollar varios títulos ajenos a los grandes estudios que costeaban esos títulos, siempre la Warner Bros, por cierto.

Nació en el Bronx y se formó como excelente fotógrafo para la revista Look, y debutó con películas de bajo presupuesto en las que se mostró como un narrador poderoso aunque falto de originalidad (Killer’s kiss, The killing…). Su gran acierto inicial fue la emocionante Paths of Glory, cuyo actor principal, la superestrella Kirk Douglas, le llamó para hacer Spartacus tras echar a la calle a Anthony Mann.

Esta superproducción iniciaría su mejor década, la de los 60. Spartacus, que es el film sobre el que menos control previo tuvo, como es lógico, es finalmente su mejor película. Y eso resulta significativo. Al igual que Scott, cuanto menos de autor se las daba, mejor le salían las cosas. Spartacus es una verdadera obra maestra, no sólo por la dirección esmerada y poderosa de Kubrick, también por el guión fantástico de Dalton Trumbo y por todos sus actores.

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De esta salta a la brillantísima Lolita (aunque ha envejecido bastante mal) y a la sorprendente Dr. Strangelove or How I learned to stop worrying and love the bomb. Dos películas realmente de gran director, que junto con Spartacus es lo mejor de su filmografía. Las tres muy diferentes entre sí. A partir de ahí, la carrera de Kubrick, ya instalado en Inglaterra, declinaría muy mucho por su ansia de convertirse en el mejor director de todos los tiempos, convencido de que era un genio inigualable; en lugar de ir desarrollando película a película, un corpus interesante e imperecedero, cosa que al que suscribe no le parece que consiguiera, por mucho que los numerosos seguidores del director clamen lo contrario.

Sólo filmó seis películas más. Y ninguna de ellas se acerca, pese a aciertos notables, a estas tres ya nombradas. Seis películas muy diferentes entre sí, a las que intenta dotar de categoría más por la exageración de los elementos de la historia, que por una inspiración estética de gran maestro.

Pero de ellas, para finalizar este díptico sobre el director neoyorquino, hablaremos mañana.