
Para comenzar este análisis, me parece quizás importante rememorar el momento de mi primera impresión con este film. Se estrenó tras las navidades de 92-93 en Madrid (con lo cual yo contaba unos púberes 13 añitos), concretamente el 15 de enero, y acudí a verla en compañía de mi padre. Recuerdo que era un día particularmente frío. Recuerdo, también, lo atónito que salí de la sala. Todo lo que había visto anteriormente de ella es la foto que adjunto sobre estas primeras seis líneas. Nada me había preparado para el resto.

Yo apenas tenía experiencia y empezaba a ver muchas películas, de modo que en aquel momento no pude hacerme una idea clara de lo que sentía sobre lo que había visto. Recordaba un intenso erotismo (Monica Belluci emergiendo de entre las sábanas, una imagen que nunca olvidaré) un erotismo que era, en parte, el tema de la película. Recordaba una intensidad sonora y visual que pocas veces más he sentido ante una pantalla. En definitiva, se había plantado la semilla en mí de una obsesiva curiosidad que, hasta ahora, más que decrecer, ha crecido aún más. Y ello quizá a que su aura de mítica, de inalcanzable, aumenta con el tiempo, a medida que se aleja en el mismo tiempo (y ese es el otro tema fundamental de esta película y de toda la filmografía de Coppola).
Yo, como el resto de los mortales, tenía en mente la figura clásica del vampiro de Browning o de Fisher, y en ningún momento se me había pasado por la cabeza que su suerte llegara a involucrarme a mí también. El verano anterior había leído la novela, y no recordaba nada de un romance entre el conde y Mina. Pero me pareció natural, teniendo en cuenta el viaje del conde transilvano a la capital británica…
En el transcurso de los años, la obra de Coppola se espaciaría mucho más, hasta el punto de extinguirse, mientras el cine americano se desorientaba por completo (¿casualidad?), mientras que yo aprendía algunas cosas sobre arte y sobre cine, y me hacía una idea más aproximada de lo que este film representa para mí y de sus virtudes y defectos.
Crítica
Muy lejos estoy yo de considerar Bram Stoker’s Dracula una película perfecta y sin tacha alguna. No voy a colocarla en el mismo peldaño (insuperable, diría yo) de Apocalypse now y El padrino, parte II. No se lo merecería, además este film es otra cosa. Es de esos que sus defectos, bastantes, son tan importantes como sus virtudes, no pocas, y ambos se suman para dar pie a una película fascinante que en parte lo es por esos defectos.
Me explico. Todo en esta adaptación es excesivo, barroco, apasionado, virulento, romántico, exagerado, desequilibrado, temperamental. Tanto, que cada escena es, en sí misma, lo más importante; sin ella la intensidad lograda en lo previo y en lo sucesivo decaería sin remedio. Es una especie de sinfonía agitato o directamente vivace ma non troppo, cuyo objetivo final y único es epatar al espectador, subyugarle, hacerle abrir bien los ojos…No hay lugar para las medias tintas,para el descanso (sensorial o emocional), ni para lo trivial.

La sinfonía de horror comienza con un prólogo que convierte el 95 % del cine de los años 90 en todo el mundo (no me tiembla nada la picota afirmándolo) en algo banal y olvidable. 8 minutos de antología en los que se dan la mano barbarie, capricho estético, ingenio sonoro, romanticismo, conmoción y sangre, mucha sangre. Y concluye con una galopada contra la puesta de sol y con un final (¡qué bien se le dan a FFC los finales, diantre!) bellísimo.
Entre ambas secuencias una hora y media algo deslavazada, repleta de elementos chocantes a veces, irritantes otros, sorprendentes a menudo, que sigue paso a paso la estructura de la novela (Transilvania, Londres, y viaje) en tres actos perfectamente divididos. La crítica, por lo general, admira bastante la primera media hora del film, ataca sin piedad la hora central y se calma en la media hora final.
Por otro lado, fue bastante atacado el trabajo de Hopkins como Van Helsing (injustamente, a mi parecer, ya hablaremos de eso) aunque no el de Reeves como Harker (sorprendemente, ya hablaremos también). Tampoco hubo pocos ataques contra Winona Ryder (…) ni contra el tono trágico y romántico del film. Se le achacó un parecido poco disimulado con La bella y la bestia (Cocteau, 1946), o una orientación disimuladamente comercial, o un estilo modernista que certificaba la defunción artística de Coppola (¡hay que ver que ganas de retirar al más grande director vivo!).

Lo cierto es que pocas veces Coppola ha sido más atrevido, menos académico (en lo que a planificación y diseño se refiere), más vanguardista (soluciones visuales basadas a menudo en fórmulas del viejo cine…nada más vanguardista ahora mismo) y más arrojado. Sorprende, pues no es una película en la que él tenga todo el control. Si se atenía a presupuesto y fecha, tendría control del montaje final, siempre que el estudio quedase satisfecho. Pero no tenía toda la libertad que siempre ha querido. Quizá por eso, porque quizá sería su última gran superproducción (de momento no ha hecho otra…), el director emprende un tour de force narrativo. Y lo cierto es que muchas secuencias son un baile en la cuerda floja, en la que caer significa el ridículo y mantenerse mientras te tambaleas es una hazaña.
Tanto es así que momentos como la entrada a las catacumbas del castillo por parte de Harker y su descubrimiento por parte del conde (que se levanta como un resorte de su tumba…corte a negro), quedan forzados. Como, también, la sombra que en la fiesta de Lucy amenaza a Mina, con el posterior plano del rostro del conde surgiendo de entre la negrura. Muchos no supieron captar el tono abracadabrante y teatral que proponía la película. Salidas de tono, todas ellas, que establecen así mismo un tono. Un tono cuya íntima naturaleza es lo extraordinario, lo llamativo…en un collage narrativo que su director convierte en un crisol de posos demoníacos, zarandeado de innumerables referencias estéticas.

Este punto (y algunos más, como veremos) muchos no supieron verlo.
Continúa en Bram Stoker’s Dracula - Análisis: personajes y actores.

